
Recuerdos de la Academia de Caballería
Ángel López Moya, coronel de Caballería de la XXII promoción

Hace 25 años escribí en el prólogo de un libro sobre la historia de mi pueblo, que:
La felicidad es la suma de pequeños momentos dichosos, de fugaces secuencias de sosiego, de plácidos recuerdos y de sueños irrealizables.
Hoy lo mantengo y disfruto enormemente recreándome en aquellos años irrepetibles de mi juventud, entre los cuales ocupan un lugar preferente los dos años que pasé en la Academia de Caballería como alumno.
El 4 de mayo de 1921 el rey Alfonso XIII colocó la primera piedra de este noble edificio, que se levantó según proyecto del comandante de Ingenieros Pierrad, donde se ubicaría la actual Academia de Caballería. Al día siguiente hizo entrega del estandarte, bordado por la Reina Victoria Eugenia.
A medida que pasan los años, soy más consciente de que haber pasado por la academia del Arma, ha sido un lujo y un privilegio. Su impresionante fachada hace que se haya convertido en el edificio más emblemático de Valladolid y, realzando aún más su belleza, por si fuese poca, se encuentra, frente la entrada principal, el grupo escultórico de "Los héroes de Alcántara", genial obra de Benlliure en la que plasma de forma magistral el espíritu jinete.
Al poco tiempo de llegar a Valladolid, ya me había enamorado de la ciudad. Poco después también lo hice de la que es mi mujer "Una muchachita de Valladolid". Aquello fue como un virus, pues de los 22 CAC. que en 1967 salimos de tenientes de la XXII promoción, a la que nosotros hemos llamado cariñosamente de "los dos patitos", ya habíamos enraizado en Pucela 10, prácticamente el 50% de la promoción y de ese cruce portentoso, con el paso de los años nacieron robustos vástagos, algunos de los cuales están a punto de ser abuelos.
Los recuerdos se amontonan en mi mente y de vez en cuando revivo aquellas salidas a caballo a las 3 de la tarde, después de haber comido un buen plato de alubias y en plena digestión. Algunas aceras del Paseo Zorrilla aún eran de tierra, lo que nos permitía ir por ellas a caballo. Al pasar por el "Cuatro de marzo" siempre escudriñábamos con la mirada las ventanas de las casas, con la esperanza de que alguna jovencita nos regalase una sonrisa. Sacábamos pecho y casi siempre ocurría el milagro. Ya en la Cañada Real habíamos pasado del paso al trote y del trote al galope. ¡Qué gozada! ¡Qué maravilla! Jinetes y caballos perfectamente compenetrados compartiendo el olor a pino y aquella brisa fresca que en Valladolid nunca falta, que acariciaba mi cara y hacía que me sintiera libre por un momento. De vez en cuando algún caballo se iba de caña y había que recurrir al truco de meterlo en tierra labrada para cansarlo y tratar de hacerse con su control. Algún "proto" lo hizo y nosotros lo copiamos. En la primera salida a exterior en septiembre de 1966, ya en segundo, con los caballos desentrenados tras el verano y el terreno mojado, bajamos la Cuesta de la Maruquesa. Aquella bajada fue dantesca: caballos y jinetes llegamos al fondo de la vaguada rodando en tropel y en caída libre. Yo me rompí la nariz y los huesos propios de la cara según informe médico. Mi gran amigo Ignacio, chicarrón del norte y del mismo Bilbao, me llevó en brazos hasta la ambulancia. Mi sorpresa fue al despertar al día siguiente en el hospital y ver que él estaba en la cama de al lado con una pierna escayolada. Son vivencias inolvidables que perviven en la memoria, tal vez un poco deformadas, pero reales.

Los caballos me acostumbraron a tomar el café sin azúcar. Cada día después de comer tomábamos café en el bar y el azucarillo lo guardábamos en el bolso; a continuación, íbamos a las cuadras a dárselo a nuestro caballo; aquello suponía un acuerdo tácito entre alférez y equino de que no nos íbamos a hacer daño. Aún recuerdo con fraternal cariño a mis caballos: Soldadito y Páez; fuimos buenos amigos a pesar de algunos rehúses en los saltos.

En Valladolid, comparado con Zaragoza, éramos una auténtica familia, dentro y fuera de la Academia. Julio el cocinero nos mimaba con sus guisos y en los últimos años de actividad, estando él ya jubilado, hemos tomado algunos vinos juntos, porque era uno más de los que compartimos academia durante aquellos dos últimos años de aprendizaje, antes de echar a volar. El otro paisano de la academia, al que, seguro que ninguno de la promoción hemos olvidado, fue el Sr. Macario, nuestro peluquero. Le cantábamos con frecuencia aquella coplilla que decía. "Oh Macario, peluquero de Caballería, oh Macario peluquero sin rival". Son recuerdos, vivencias, aventuras y proyectos de futuro que de alguna forma han conformado mi vida.
De los profesores guardo un magnífico recuerdo, incluso de los que en algún momento no los veía con demasiada simpatía; pero había dos capitanes muy antiguos, que desde el primer día fueron profesores, padres y amigos: Julito, como le llamábamos cariñosamente, que nos trataba como si fuésemos los hijos que él nunca tuvo. Fue voluntario de la División Azul, dónde estuvo encuadrado en una unidad de bicicletas. El otro era Ricardo Morín, otro padre de la promoción, siempre con buen humor. Inolvidables los dos y creo que todos estaremos de acuerdo en incluirlos en la promoción.
Fueron en esos dos años de Valladolid cuando terminé de formarme, no solamente en lo técnico, sino en consolidar los valores morales y humanísticos que ya nos habían inculcado en Zaragoza como españoles, como militares y como cristianos. Aquellos principios son los que me han guiado a lo largo del tiempo y ahora con 84 años vividos en muy diversas circunstancias, al hacer balance de mi vida, el resultado es un saldo muy positivo, lo que hace que me sienta inmensamente feliz y como en los versos de Machado pueda decir que Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.

El recuerdo de cada uno de los que nos dejaron, lo tengo siempre presente.
