Explosión del polvorín n.º4 en el Pinar de Antequera

09.07.2026

Por Enrique Hernández Cifuentes


EL MAYOR DESASTRE DE LA ÉPOCA CONTEMPORÁNEA OCURRIDO EN VALLADOLID


Introducción:

En octubre de 1989, un obsoleto carro de combate M-47, de los entregados mediante la ayuda estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial, se mueve con torpeza entre los árboles del Pinar de Antequera [1], en las inmediaciones de la Cañada de Puente Duero. 

Entre un claro del bosque, se divisa una importante depresión, con forma de embudo de unos 25 metros de profundidad y unos 100 metros de diámetro. No parecía un accidente natural, pues alteraba visiblemente el equilibrio del entorno y albergaba en su fondo una gran balsa de agua estancada.

El conductor, hábil y decidido, se propone iniciar el descenso hacia el fondo del embudo; tiene una pendiente de 60%, por lo que frena con firmeza las 40 toneladas del blindado. 


Figura 1

En la década de los 80 y 90, se solía realizar bajadas y subidas al embudo (como se le conocía) con vehículos de cadena; se practicaban ejercicios de conducción y se evaluaban la pericia y el arrojo del conductor.


Tras superar con éxito la primera parte de la maniobra, el conductor afronta con tranquilidad el ascenso por la vertiente opuesta. Al iniciar la subida, el vehículo se levanta de proa de tal forma que el conductor apenas logra divisar las rodadas. Avanza guiado únicamente a través del sistema de interfonía [2] por el instructor de la prueba, quien permanece expectante en la torre del carro. Una vez arriba, la prueba de decisión se considera satisfactoria y el conductor es aprobado; obtiene así el permiso de conducción especial de vehículo blindado sobre cadenas.

[1] Actualmente, está prohibido el movimiento de vehículo blindados por zonas protegidas como el Pinar de Antequera.

[2] Sistema de comunicación que tienen cada vehículo blindado para poder hablar toda la tripulación entre sí.

Al regresar al antiguo destacamento de carros [3] del Regimiento de Caballería "Farnesio 12", comenté al capitán jefe de escuadrón aquella extraña irregularidad del terreno para averiguar de qué se trataba. Sospeché que podría ser una gravera para la extracción de áridos para cemento, similar a otras de los alrededores, aunque sus dimensiones eran menores. Finalmente, el capitán me aclaró el misterio: se trataba del cráter provocado por la explosión de un polvorín militar en al año 1940.


Figura 2

Croquis que forma parte de la instrucción abierta en la causa 549/1940, custodiada en el Archivo Militar del Ferrol; se puede apreciar las dimensiones del cráter producido por la explosión del polvorín n.º 4. Profundidad 22 metros, diámetro 86 metros.


[3] En aquella época el destacamento de carros del Regimiento de Caballería Acorazado del Regimiento Farnesio se encontraba en lo que hoy son los Talleres del Pinar – Parque, de multiaventura y ocio. El recinto depende patrimonialmente del Ayuntamiento de Valladolid, pero su explotación y gestión comercial está privatizada a través de una concesión administrativa.

Aquella incógnita quedó latente en mi memoria hasta que, en 2014, llegó a mis manos un libro digital de Francisco Javier Municio Pérez que investigó y detalló los dramáticos acontecimientos allí ocurridos; su relato despertó sobremanera mi interés por lo sucedido y la mayoría de este reportaje es un extracto de su excelente obra.

Figura 3: pinos en las inmediaciones de la zona cero. La naturaleza nace con cicatrices de la tragedia.

Actualmente, el embudo provocado por la explosión se encuentra tapado; fue cubierto en el año 2005 para devolver el equilibrio ecológico de la zona, pero las cicatrices de la historia permanecen visibles, como comprobaremos más adelante.

Nos encontrábamos, sin saberlo, en el escenario del mayor desastre en la edad contemporánea de la ciudad de Valladolid. Desde su fundación por el Conde Ansúrez en el siglo XI, la mayor catástrofe conocida habían sido las inundaciones por el desbordamiento simultaneo de los ríos Pisuerga y Esgueva en 1636, donde se estimó el fallecimiento de 150 personas. La tragedia que nos ocupa hoy se cobró 116 víctimas mortales; de ellas, sólo se pudieron identificar los restos de 18 personas, los 98 restantes desaparecieron instantáneamente, pulverizados por la onda expansiva y dispersados por el pinar, junto a los fragmentos de la estructura militar, que hoy en día todavía pueden encontrarse en un radio de 2 kilómetros desde la zona cero.




Figura 4

En un radio de 2 km de la zona cero, entre la vegetación, pueden apreciarse todav´ía, restos de hormigón que formaban parte de las infraestructuras explosionadas. Fotografía del autor.


El siniestro causó además 63 heridos graves que requirieron hospitalización. Todo ocurrió en el año de 1940, apenas un año después de finalizar la guerra civil española. Sucedió al mediodía de un cálido sábado, 21 de septiembre, en la transición del verano al otoño; coincidió con el día de San Mateo, la fiesta mayor de Valladolid, mientras la población disfrutaba del último día de celebraciones.

En la actualidad, el escenario es un paraje entrañable, cercano, lúdico, y saludable, destinado al ocio y al deporte. Muchos pasean por allí sin saber que en esa zona se vivieron acontecimientos trágicos; es posible que, de forma inconsciente, hayamos caminado sobre la memoria de almas que aun merodean el lugar.

Figura 5: situación gráfica de las zonas cero de las diferentes explosiones y fecha de los sucesos. Mapa Servicio Geográfico Nacional.

Geográficamente, nos situamos en el Pinar de Antequera, a menos de un kilómetro de la espalda del complejo deportivo FASA - Renault y a unos 800 metros en línea recta desde la entrada del actual acuartelamiento Teniente Galiana.

El suceso consistió en una primera pequeña explosión, precedida por un incendio, en uno de los nueve polvorines de la zona: el polvorín subterráneo llamado polvorín n.º 4.

Varias preguntas deben hacerse ¿Cómo pudo ocurrir semejante desastre? ¿Cómo se desarrollaron los hechos que desencadenaron esta inmensa tragedia? ¿Qué circunstancias provocaron que gran cantidad de militares, bomberos en incluso algún civil perdieran la vida en una extensión de terreno tan reducida? ¿Dónde ocurrieron exactamente estos hechos para poder visitarlos, honrar la memoria de los caídos y evitar que caigan en el olvido? Estas y otras cuestiones serán aclaradas en las siguientes páginas.

Como trágico epílogo a la existencia de este tipo de instalaciones militares en el pinar, justo 10 años después, cuando aún no había cicatrizado el dolor por las pérdidas de 1940, el polvorín n.º 1 también hizo explosión. Debido a la inmediatez del suceso y a la menor cantidad de explosivos y municiones custodiados en su interior, la catástrofe no alcanzó las dimensiones de la anterior. Esta segunda explosión ocurrió el 14 de junio de 1950; también en fecha especial, justo un día después de celebrarse el patrón del barrio de Antequera, San Antonio de Padua. Explosionó hacia las 08:45 horas de la mañana y provocó tres muertos y 82 heridos. Los fallecidos fueron dos soldados y una mujer civil, vecina del barrio del Pinar, Hilaria Calvo González, esposa de un comerciante de calzado. Al escuchar el estallido, la mujer salió al patio de su vivienda con su bebé de once meses en brazos, acompañada de su sirvienta y su otro hijo. Con tan funesta fortuna que, en ese instante, un trozo de hormigón de unos seis kilogramos, proyectado por la explosión, le alcanzó en la cabeza, causándole la muerte en el acto. Por fortuna, sus hijos y la empleada resultaron ilesos.

En este relato, nos centraremos principalmente, por su trágico resultado, en los sucesos de 1940, aunque identificaremos durante el recorrido [4], la ubicación del polvorín siniestrado en 1950.

[4] En un futuro, mediante un croquis, se propondrá un recorrido para visitar los diferentes restos de polvorines y demás elementos que se señalan.

Figura 6: fotografía aérea de la zona, en 1965, donde se aprecia los embudos producidos en el terreno por las diferentes explosiones. Ortofoto del Instituto Geográfico Nacional.

2. Escenario:

2.1. El Pinar de Antequera.

El Pinar de Antequera de aquella época era muy similar en su masa forestal al actual; está y estaba compuesto por pinos piñoneros, aunque su uso difería por completo. Hoy constituye un espacio recreativo lúdico y de alto valor ecológico con más de 1.000 hectáreas de extensión. Es considerado el pulmón verde de Valladolid, alberga actividades deportivas, eventos musicales, la concentración motera anual pingüinos y zonas de restauración. Sin embargo, a comienzos del siglo XX, el ambiente era radicalmente distinto, pues predominaba la actividad castrense. A finales del siglo XIX, el Ayuntamiento de Valladolid buscaba trasladar fuera del casco urbano las molestias e inconvenientes derivados de las actividades militares. Para ello, cedió al Ejército alrededor de 300 hectáreas en el pinar. En 1880, se autorizó la creación de un campo de tiro en las inmediaciones de la cañada de Puente Duero y se inició la construcción de diversas instalaciones y polvorines. Su número aumentó progresivamente según las necesidades; primero se erigieron cuatro almacenes de superficie y, posteriormente, se excavaron seis polvorines subterráneos más.

Si se parte de la zona sur de la ciudad de la época, se consolidaron las siguientes instalaciones militares: el Parque de Artillería y laboratorio de farmacia [5], la granja de Caballería [6], el campamento de San Quintín [7], la Maestranza de Artillería [8] y el centro de reclutamiento e instrucción militar n.º 1 del Ejército del Aire, de reciente creación en el momento del suceso, octubre de 1939 [9]; además, pista de aplicación, granja, parada de sementales y campo de deportes de la Academia de Caballería [10]. Se estima que la población militar en la zona durante el año del siniestro alcanzaba los dos mil efectivos, distribuidos en unas 350 hectáreas.

El único núcleo urbano relevante en las inmediaciones era la actual barriada del Pinar de Antequera, que por entonces operaba como una colonia residencial en pleno crecimiento. Estaba constituida mayoritariamente por familias de la burguesía adinerada que construían allí sus villas de recreo para huir del riguroso clima estival de la capital: empresarios, profesionales de alta cualificación y mandos militares de alta graduación, atraídos por el nuevo uso de la zona. Estas familias se trasladaban junto a su servidumbre, de extracción social más humilde. En la fecha del suceso, el censo estimado de la colonia era de 52 familias y 258 habitantes.

El incremento de la población militar en la zona impulsó la creación de un apeadero [11] en la línea ferroviaria Irún-Madrid, que limitaba con la colonia, para conectar el núcleo con Valladolid y Medina del Campo. Esto facilitó también la fundación, en 1907, del llamado Círculo Campestre [12].

[5] Los dos actualmente sin uso en el barrio de la Rubia.

[6] En los terrenos donde actualmente se encuentra el CD Real Sociedad Hípica de Valladolid.

[7] Posteriormente, fue el Destacamento de Carros del Regimiento Farnesio 12 (unidad ubicada actualmente en la Base del Empecinado); actualmente, son los Talleres del Pinar y parque multiaventura y de ocio.

[8] Hoy en día PCMAYMA: Parque Central de Mantenimiento de Armamento y Material de Artillería.

[9] Actualmente, acuartelamiento Teniente Galiana, dependiente de la Academia de Caballería.

[10] Actualmente, es lugar de la concentración motera de pingüinos; aún conserva algunos de sus obstáculos como "pista de aplicación" y como "pista de silencio" (instrucción de combate nocturno). El espacio, tras quedar en desuso por parte del Ejercito, fue adquirido por el Ayuntamiento de Valladolid.

[11] La hermosa y coqueta estación, apeadero del Pinar de Antequera, fue inaugurado en 1903 y, sin uso desde principios de los años 90, fue reconvertido en establecimiento de hostelería; finalmente fue derribado en noviembre del 2008 por ADIF; necesitaba liberar espacio y facilitar el soterramiento de la línea de alta velocidad. Superaba los 100 años.

[12] Fue un club de recreo de referencia en Valladolid, hasta su cierre definitivo en el año 2015, tras años de abandono. Actualmente, se encuentra en plena reconversión como espacio juvenil y ambiental dependiente del Ayuntamiento de Valladolid.

Figura 7: apeadero del Pinar de Antequera. Hoy desaparecido. Imágenes Google

Hacia 1940, la carretera de las Arcas Reales aún no se encontraba asfaltada, mientras que la carretera de Rueda se alquitranó en 1939. Por esta última, circulaba un servicio regular de autobuses de gasógeno [13], operado por la empresa SATA [14], que llegaba hasta la tradicional «pérgola-pino» del pinar de Antequera, el mismo lugar donde hoy estaciona el autobús municipal. El barrio disponía de una pequeña capilla dedicada a su patrón, San Antonio, y posteriormente albergó tiendas, restaurantes y un quiosco. Como dato curioso, aproximadamente un tercio de la barriada pertenecía y pertenece al municipio de Laguna del Duero, por lo que el límite de la división administrativa divide calles y parcelas particulares.

[13] Autobús que funcionaba con un motor de combustión interna convencional, pero que utiliza leña, carbón o residuos vegetales como combustible en lugar de gasolina o diésel. Este sistema se convirtió en un salvavidas de la automoción en Europa durante los años 40, en plena posguerra de la Segunda Guerra Mundial, debido a la extrema escasez de petróleo.

[14] Sociedad Anónima de Transportes de Automóviles.

Figura 8: pérgola – pino, parada de autobús del pinar de Antequera en 1965.

Figura 9: parada de autobús en 2026. Hoy en día su uso no ha variado.

2.2 Los Polvorines y el Parque de la Maestranza.

El Parque de Artillería, ubicado desde los años treinta en las afueras de Valladolid, funcionaba como la cabecera de muchos otros destacamentos repartidos por aquella VII Región Militar. Entre ellos, el más importante era la llamada Maestranza del Pinar de Antequera. Mientras que el parque estaba al mando de un coronel, la maestranza la lideraba un comandante. Los cometidos de esta última eran el montaje de nuevos proyectiles y el desmantelamiento de la munición inútil que llegaba desde diferentes puntos de España tras la contienda. Para ello y por motivos de seguridad, se precisaba de instalaciones externas donde almacenar estos proyectiles, nuevos o viejos, hasta el momento de su destrucción o su empleo en diferentes campañas. Estas instalaciones fueron los «polvorines», que en un principio se construyeron en superficie, pero que, más tarde y para mayor seguridad, se diseñaron semi-enterrados.

El parque tuvo una destacada participación logística en la revuelta de Asturias en 1934 y, posteriormente, en la Guerra Civil de 1936, pues proveía de munición a los frentes. Dada su cercanía a la red ferroviaria, resultaba sencillo abastecer al resto del territorio nacional. En pleno conflicto y para agilizar el movimiento de cargamentos, en el invierno de 1936, se construyó con urgencia una vía auxiliar que enlazaba un muelle existente en la maestranza con la línea general Madrid-Irún.

Un tramo de este ferrocarril, de unos 200 metros, aún se conserva en las inmediaciones y al sur de la instalación militar, hoy PCMAYMA

Figura 10: vía auxiliar de la Maestranza del Pinar, arteria ferroviaria clave para el suministro y desmantelamiento de munición durante la Guerra Civil de 1936. Fotografía del autor

Por su actividad y personal, la maestranza de aquella época podía considerarse mitad industria y mitad cuartel. En sus talleres se ensamblaban proyectiles sencillos y los materiales peligrosos necesarios se custodiaban también en los polvorines. Una calzada, que entroncaba [15] con la recién construida carretera de Rueda, conducía al interior de las instalaciones. Esta conectaba directamente con el llamado Camino de los Polvorines, donde a lo largo de un trayecto en línea recta de 1.200 metros se distribuían seis estructuras subterráneas dispuestas de forma alterna a ambos lados del camino. También se ubicaban allí los polvorines de superficie, de construcción más antigua, dotados de paredes dobles para reforzar la resistencia, una cámara de aire aislante y garitas incorporadas en sus muros. 

A partir de la tercera década del siglo XX, se empezó a optar por la edificación de polvorines semi-enterrados o subterráneos, mucho más seguros frente a ataques y accidentes. En aquella época, por motivos de seguridad, estas instalaciones no disponían de iluminación eléctrica y se utilizaban linternas frías. Los polvorines semi-enterrados se sucedían a lo largo del camino homónimo, numerados de manera alterna desde las instalaciones de la maestranza, del 1 al 5. Existía además una octava estructura, que llamaremos polvorín n.º 0, situada inmediatamente junto a la maestranza y de la cual se desconoce el motivo por el que carecía de identificación propia. Podría deducirse que dicho polvorín, de tamaño reducido, albergaba la munición de seguridad propia para el uso de las guardias e instrucción de los componentes de la maestranza.

Los polvorines de superficie eran cuatro; fueron los primeros en operar, pero quedaron destruidos en la explosión de 1940 y dejaron de usarse; tres de ellos eran similares y otro más pequeño, que se denominó Caseta de Gases. Se les conocía por letras A, B, C y D. Estaban distribuidos en forma de cruz, tomando como eje el Camino de los Polvorines [16].

[15] A la altura del actual restaurante "Selvático".

[16] Podrá verse en un croquis que se expondrá cuando se prepare una excursión a la zona de los polvorines


Figura 11: imagen aérea de la zona de polvorines. Google Maps

Los polvorines subterráneos eran de dos tipos: los que se ubicaban al lado izquierdo del camino, tomando el trayecto desde la maestranza, eran los pequeños, mientras que los del lado derecho eran los grandes. En total, había tres pequeños y tres grandes. Los polvorines que explosionaron, tanto en 1940 (el número 4), como en 1950 (el número 1), eran de tipo grande. Los polvorines pequeños contaban en su interior con dos cámaras más cortas y solo dos chimeneas de ventilación por cámara, mientras que los grandes disponían de tres cámaras, más largas, con cinco chimeneas. El autor de este artículo los conoce perfectamente. En los años en que el destacamento de Farnesio estaba operativo, se aprovechaba uno de ellos como polvorín de la instalación, en concreto, el denominado polvorín n.º 2; allí, los sargentos nos turnábamos mensualmente para el control del inventario y realizábamos, al menos semanalmente, la lectura de la temperatura y la humedad interior. En esa época, años ochenta, ya con luz eléctrica.

El acceso al polvorín se realizaba a través de una rampa descendente de unos 30 metros desde el camino principal. Antes de llegar a la entrada, había varios escalones, lo que impedía introducir el material con carretillas, obligando a realizar el acarreo a mano. Tras la puerta, un pequeño pozo de drenaje recogía las aguas residuales que discurrían por la rampa. La puerta, de acero laminado, facilitaba la ventilación del interior.


Figura 12:  en la imagen, la puerta del polvorín n.º 2, actualmente arrancada de sus bisagras y apoyada en los escalones previos a la entrada. Era de acero laminado para facilitar la aireación. La puerta del polvorín explosionado, similar a esta, apareció retorcida a más de 80 metros de su lugar.


Figura 13: vista desde la parte superior de la entrada; se observa la rampa y las escaleras que impedían el acarreo mediante carrillo.

Una vez dentro, el pasillo zigzagueaba antes de llegar a las cámaras que contenían la munición; el objetivo de este diseño era que, en caso de deflagración, la onda expansiva no saliera proyectada directamente en línea recta hacia la puerta, frente a la cual, al otro lado del camino, se encontraba la garita del centinela. Cada cámara disponía de su propia puerta. Los polvorines estaban fabricados de hormigón en masa (no armado), de ahí su fragmentación en numerosos pedazos durante las dos explosiones. El interior, tanto los pasillos de acceso como las cámaras, presentaba un techo en bóveda. Los respiraderos o chimeneas de las cámaras estaban diseñados en forma de «L» para evitar la introducción de objetos y contaban con un sombrerete cónico para impedir la entrada de agua de lluvia. El suelo era de hormigón, pero estaba recubierto de madera instalada sobre rastreles para evitar el contacto de los materiales con la humedad, prevenir corrientes estáticas y evitar descomposiciones químicas.

Desde el exterior, aunque estaban enterrados, se apreciaba una ligera meseta elevada, aproximadamente un metro sobre el terreno, de la cual sobresalían las chimeneas de ventilación [17]. La altura interior, en el punto más alto de la bóveda, era de tres metros.

[17] Actualmente pueden apreciarse en el polvorín n.º 3

Figura 14: esquema superior del polvorín n.º 4, similar al 3 y 1, del tipo "grande". Dibujo realizado por Oscar Domínguez en el libro Explosiones en los polvorines del Pinar de Antequera de Francisco Javier Municio Pérez.

Los polvorines dependían de la maestranza, por lo que únicamente sus oficiales artificieros y el personal auxiliar (suboficiales y tropa debidamente autorizados) cargaban, descargaban y realizaban las tareas de mantenimiento y comprobación del estado de los materiales que allí se custodiaban. Todo el personal que accedía al interior debía dejar fuera mecheros, cerillas, navajas o cualquier objeto punzante y era obligatorio entrar con calzado de suela de goma.

Figura 15: esquema alzado del polvorín n.º 4. Dibujo realizado por Oscar Domínguez en el libro ya citado en la anterior ilustración

Como medida especial, el servicio de guardia de seguridad de todos los polvorines lo realizaba el Regimiento de Infantería de San Quintín n.º 25. Esta unidad disponía de un batallón destacado [18] cerca de las instalaciones de la maestranza, aunque sus elementos principales se encontraban, en aquellos días, en el llamado cuartel de San Benito, en el centro de Valladolid.

En las inmediaciones de los polvorines, dentro del destacamento, se ubicaba el Cuerpo de Guardia. Allí descansaba el personal que no estaba de servicio. La vigilancia directa de los polvorines recaía normalmente en un centinela por instalación, quien contaba con el apoyo de una garita. En los polvorines enterrados, esta caseta se situaba frente a la rampa de acceso, al otro lado del Camino de los Polvorines.

2.3. El polvorín n.º 4:

Como se ha señalado, el polvorín n.º 4 era de los de tipo grande [19]. En las fechas previas a la explosión se encontraba a rebosar; el último inventario reflejaba que albergaba más de 201 toneladas de diferentes materiales explosivos. Esta cantidad superaba con creces los estándares de seguridad actuales. Sin embargo, en la época de posguerra, era habitual que el material sobrante de ambos bandos, e incluso proyectiles de origen extranjero no identificados que participaron en la contienda, terminaran en estas instalaciones a la espera de su descarga.

[18] Actualmente los Talleres del Pinar y parque multiaventura y de ocio. Espacio municipal de Valladolid.

[19] Se pueden adivinar las dimensiones de este polvorín acudiendo al polvorín n.º 3 que, en tamaño, era similar.





Figura 16. 

Relación total de existencias de material explosivo en el polvorín n.º 4 en el día de la explosión. Documento incluido en la causa.


3. Fecha y meteorología:

Por si los hechos no fueran suficientemente graves, la fecha del suceso marcó un día difícil de olvidar en el calendario: la tarde del sábado 21 de septiembre de 1940. Era un día festivo en Valladolid, debido a la celebración de San Mateo Evangelista, que enmarcaba la semana de las fiestas grandes de la ciudad. Se trataba del octavo y último día de festejos de la feria, que incluía bailes callejeros, la clausura del concurso provincial de ganado, una corrida de toros, una verbena en el Campo Grande y fuegos artificiales. A raíz de la explosión y de las confusas primeras noticias, los espectáculos programados para la tarde y la noche se suspendieron en señal de duelo. A pesar de ello, la corrida de toros y la pirotecnia final, se llevaron a cabo al terminar el día.

Aunque el verano tocaba a su fín, el calor, en esos días, era todavía intenso.

4. Otros actores:

4.1 Los obreros:

Por azar y a pesar de ser festivo, una cuadrilla de 18 obreros y su capataz se encontraban en las inmediaciones del polvorín n.º 4 momentos antes del fatídico incidente. Realizaban tareas de alquitranado en el Camino de los Polvorines para mejorar el firme y adaptarlo al transporte de municiones en vehículos. Para este fin, había en la zona bidones de brea y tres calderas para calentarla, lo que facilitaba su extensión mezclada con grava gruesa.

Actualmente, impresiona contemplar los restos de esta grava junto al alquitrán cerca del polvorín siniestrado. Descubrirlos tan cerca de la zona cero, transmite un respeto sobrecogedor y una profunda emoción, al ser consciente de que esos materiales se extendieron el mismo día del desastre. Los propios servicios de extinción llegados de Valladolid, junto con los soldados de la zona, tuvieron que retirar varias de estas calderas para permitir el acceso de las camionetas de bomberos; una de ellas se encontraba a escasos metros del inicio de la rampa.



Figura 17

Camino de los Polvorines. Inmediaciones de la zona cero del polvorín n.º 4. Restos de grava con alquitrán, aplicados probablemente el mismo día de la explosión.


4.2 Los bomberos

Un retén de 12 bomberos del pequeño cuartel, situado en la parte posterior del Ayuntamiento de Valladolid [20], partió esa tarde hacia el incendio del pinar con dos tanques de agua y una auto bomba. Fatídicamente, el polvorín se incendió en un primer momento, lo que dio tiempo a que el retén llegara rápido al pinar, desplegara las mangueras y las llevara hasta la zona del fuego. Instantes después, debido a su distribución de trabajo durante la explosión, tres de ellos resultaron heridos graves. El resto del equipo: el jefe del retén, el capataz, el mecánico conductor y seis bomberos desaparecieron prácticamente a causa de la detonación.

[20] Situado en la actual Plaza de la Rinconada, parte trasera del Ayuntamiento de Valladolid.


Figura 18: bomberos del Ayuntamiento de Valladolid en 1910. Archivo fotográfico: Bomberos de Valladolid. A la derecha, imagen recreada mediante IA de la entrada del polvorín


5. Secuencia de los trágicos acontecimientos:

Día 21 de septiembre de 1940 [21]:

Despertaron sin sospechar que el destino ya escribía su final en las horas siguientes.

[21] Horarios aproximados, calculados a la estima.

12:30 horas:

 Última de las dos visitas rutinarias que los artificieros de la maestranza y sus acompañantes realizan al interior del polvorín. Nadie detecta nada extraño. La instalación queda cerrada.

13:00 horas:

El personal del Destacamento de San Quintín ejecutan los relevos de las garitas que vigilan los polvorines. La tropa de las guarniciones cercanas probablemente ya ha comido y se encontraba, como era costumbre en la época estival, en la siesta.

14:00 horas:

La temperatura ambiente en ese comienzo de otoño era elevada y el calor sofocante. El silencio de la tarde se rompió por una explosión que, según testigos, sonó como una granada de mano. Quienes no se encuentraban en las inmediaciones no pudieron oírla o la ignoraron, al existir en la zona un campo de tiro donde a menudo se hacían pruebas con explosivos. 

Nada más oírse la detonación, comienzan a salir abundantes llamas a través de las lamas de acero de la puerta del polvorín n.º 4. Al menos cuatro grupos de personas son testigos de ello, iniciándose una frenética actividad en la zona. La explosión inicial proyecta hacia el exterior material incandescente que prende en los matorrales secos de las inmediaciones, produciendo pequeños pero numerosos incendios.

Los testigos directos son dos centinelas separados por 100 metros: el del polvorín n.º 4 y el de la llamada caseta de gases [22], situado más al oeste. Este último efectúa cuatro disparos al aire para dar la alarma y se dispone a apagar el fuego iniciado en su área. El soldado centinela del polvorín 4, Jaime Suazo Vilariño [23], se dirige corriendo al cuerpo de guardia [24] a informar de lo sucedido. El cabo de guardia le ordena regresar a su puesto y envía a otro soldado a avisar al oficial de guardia, a otros 300 metros de distancia en el interior del destacamento.

[22] Estas casetas servían probablemente para realizar pruebas de estabilidad química de los lotes de munición que almacenaban los polvorines, donde se tomaban muestras periódicas para detectar la emisión de gases que pudieran indicar una descomposición química. Probablemente, al contener explosivos, también disponían de vigilancia.

[23] El soldado Vilariño continuó en su puesto, a una distancia más alejada, pero paradójicamente sobrevivió a la explosión.

[24] El cuerpo de guardia de la tropa se estima situado en el interior de lo que era el Destacamento de San Quintín a unos 400 metros del polvorín n.º 4.

Otros oficiales de servicio del Destacamento de San Quintín, que se encontraban comiendo, salen de inmediato al oír la explosión. Observan humo a lo lejos en la zona del polvorín. Un oficial ordena a uno de los sargentos que le acompañe a llamar por teléfono a la Maestranza de Artillería y a los bomberos de Valladolid. Se avisa también al oficial de servicio de la capitanía de Valladolid. El teniente manda a un soldado al lugar para que precise el punto exacto y el alcance del posible incendio.

Otro grupo, que escucha la explosión, lo forman un cabo y dos soldados que cuidan del ganado a unos 150 metros del polvorín afectado. Pertenecen al Parque de la Maestranza; el cabo ordena a los soldados no acercarse, mientras él va a dar el aviso al parque.

El oficial de servicio del Parque de la Maestranza, el teniente Torres [25], moviliza a todo el personal de la unidad. Se abren los depósitos de herramientas contraincendios y se reparten entre los hombres disponibles. También llama al coronel jefe del Parque de Artillería [26], de quien depende orgánicamente, informándole de lo que sucede según establece la ordenanza.

Los obreros, que realizan las obras de acondicionamiento del camino cerca del polvorín, se encuentran comiendo en ese momento. Las calderas están en reposo, pero encendidas en modo de mantenimiento para proseguir los trabajos esa misma tarde. El capataz de los trabajadores acude de inmediato a dar cuenta a su patrón, que almorzaba en su vivienda de la colonia del Pinar de Antequera.

[25] Desaparecería en la explosión.

[26] El Parque de Artillería se encontraba en el límite de la zona urbana de Valladolid, en lo que es el Barrio de la Rubia.

14:10 horas:

El oficial de guardia, perteneciente al Destacamento de San Quintín, es un joven alférez de 20 años llamado Cuesta [27]; realiza una actuación excepcional: se presenta de inmediato en las inmediaciones e insta al personal de los puestos a permanecer separados y alejados a 200 metros del polvorín incendiado.

El teniente de servicio, también del destacamento, una vez conocido el alcance del suceso, ordena a otro sargento que evacue ordenadamente a todo el personal libre de servicio a través de la Cañada Real en dirección a Valladolid.

El cabo [28] que cuidaba el ganado avisa al oficial de servicio de la Maestranza, pero este ya se encontraba alertado.

El coronel jefe del Parque de Artillería, Sanz de Ortega [29], que está en su domicilio comiendo con su familia, es recogido por el chófer en su vehículo oficial. Se dirigen a buscar a su capitán ayudante, el capitán Redondo [30], que les espera en la plaza de Santa Ana.

Un retén de incendios, formado por 12 bomberos, dos vehículos aljibes y una auto bomba pequeña, se dirige ya con urgencia a la zona del siniestro.

[27] Fallece en la explosión.

[28] Desaparece en la explosión.

[29] Fallece en la explosión; su cuerpo es uno de los primeros que se identifican.

[30] Desaparece en la explosión.

14:15 horas:

El fuego se hace más intenso en el interior del polvorín.

El alférez Cuesta, junto con todos los turnos de guardia (unos 15 efectivos), se sitúa alrededor de la instalación, alejados prudentemente a más de 100 metros, e insiste en que se protejan ante lo que pueda avecinarse.

El coronel Sanz de Ortega recoge a su capitán ayudante, que se incorpora vestido de paisano, y enfilan la carretera de Rueda para dirigirse rápidos hacia el polvorín.

14:30 horas:

A pesar de la evacuación de la mayoría de las fuerzas existentes en el destacamento de San Quintín, una veintena de soldados de Infantería en servicio de limpieza y otras tareas llegan a la zona para ayudar en lo que se precise [31].

El teniente Torres, de la maestranza, llega al lugar con dos camiones repletos de personal voluntario provisto de palas y picos [32]; muchos otros llegan por su propio pie. En un principio, el teniente se encuentra con el alférez Cuesta al pie del Camino de los Polvorines, donde despliegan al personal a cierta distancia y valoran la situación. Acercarse a la puerta del polvorín resulta imposible, pues sigue arrojando llamas y elementos incandescentes, mientras que las chimeneas de aireación de la parte superior escupen un denso y continuo humo negro. A continuación, se ordena realizar tareas de cortafuegos alrededor de la instalación para evitar que las llamas se propaguen a otros depósitos de artefactos cercanos; poco más se podía hacer.

El retén de incendios de Valladolid llega a la altura del cruce de la carretera de Rueda con el Camino de los Polvorines [33]. A pesar de que la columna de humo ya indicaba la dirección del siniestro, un artillero les espera allí, se sube al estribo del vehículo de cabeza y guía al convoy hasta el lugar del incendio.

Los obreros, sin su capataz, se sienten asustados y desorientados. Van y vienen presintiendo el peligro, por lo que algunos se refugian a unos 600 metros del polvorín, en una vaguada que pasa por debajo del camino y donde se encuentra una tajea que les sirve de cobijo. Otros pocos [34] ayudan a retirar de la vía las calderas que estorban el paso de los camiones de bomberos. Una de ellas se encuentra a menos de 10 metros de la rampa del polvorín incendiado.

[31] Del Regimiento de Infantería San Quintín n.º 25 fallecen: 1 alférez y 2 soldados y desaparecen 2 cabos y 4 soldados.

[32] La unidad que más sufrió la explosión fue el personal relacionado con la maestranza, entre fallecidos y desaparecidos: 1 coronel, 1 capitán, 1 teniente, 3 sargentos, 4 maestros artificieros, 15 cabos, 71 soldados y 1 auxiliar administrativo.

[33] Lo que hoy en día es el cruce donde se encuentra el restaurante Selvático.

[34] Un obrero fallece en la explosión.

14:35 horas:

Los bomberos llegan al polvorín siniestrado y se disponen a organizar el tendido de mangueras. El capataz de los bomberos pregunta al oficial de servicio de la maestranza, donde también se encuentra un equipo de artificieros expertos en explosivos, si existe peligro de explosión; contestan que creen que no, pues la mayoría del material que contiene son pólvoras [35]. La presión del fuego aumenta y el silbido de su intensidad crece al salir con fuerza a través de la puerta de acero.

Inmediatamente después de los bomberos, llega a la zona el coronel Sanz de Ortega junto a su capitán ayudante; el vehículo oficial queda estacionado a unos 50 metros de la rampa de entrada al polvorín. En ese instante, tanto el alférez Cuesta como el teniente Torres ordenan a su personal un movimiento de repliegue, al comprender que ya nada más se puede hacer.

14.40 horas:

El coronel Sanz de Ortega llega toma el mando. Se dirige al polvorín, necesita evaluar rápidamente la situación y decide impulsar en un último intento, las labores de extinción iniciadas por los bomberos.

En un acto de compañerismo y lealtad tanto los mandos como la tropa que se encontraban en las inmediaciones, imitan el movimiento del coronel y su ayudante, avanzando de nuevo para continuar con la construcción del cortafuegos.

Los bomberos operan ya con las mangueras a pleno rendimiento y arrojan agua a través de la puerta; sin embargo, la intensidad del fuego no disminuye y la acción resulta inútil.

Como último y desesperado recurso, el coronel ordena romper las 15 chimeneas - respiraderos que existen en la parte superior del polvorín por los que sigue saliendo un denso humo negro con cada vez a más presión. Se requiere a la tropa equipada con picos que suba a la cubierta de la instalación para fracturarlas, con el fin de que los bomberos puedan introducir las mangueras.

Los bomberos cambian la posición de las líneas de agua y la mayoría se sitúan encima del polvorín para inundar a través de las chimeneas las cámaras internas de los polvorines, probablemente desconociendo que ese caudal llegará mínimamente al interior como consecuencia del acodamiento de seguridad de los conductos.

Llega otra camioneta a la zona procedente del Parque de la Maestranza con una docena de personas para ayudar en los trabajos, entre ellos está el hijo del coronel Sanz de Ortega [36] que es artificiero también del parque. Todos ellos acuden a ayudar en los trabajos que se desarrollan en lo alto del polvorín.

Las chimeneas respiradero, de 2 metros de altura, son duras, pues, a diferencia de los muros del polvorín están hechas de hormigón armado; a pesar de ello, algunas ya han sido derribadas.

En esos momentos podría haber entre cuarenta y cincuenta personas en la parte superior del polvorín; entre 100 y 150 en los alrededores y aun llega más personal.

[35] El diálogo entre el capataz de bomberos y el artificiero es clave. En aquella época, se creía que la pólvora, almacenada a granel o en sacos, ardería de forma deflagrante (quemándose hacia afuera), pero sin llegar a detonar en masa de forma instantánea si tenía salida por los respiraderos. Esta confianza pudo ser uno de los motivos de la magnitud de la tragedia.

[36] El hijo del coronel Sanz, maestro artificiero, también falleció en la explosión.

14.45 horas:

El Polvorín estalla con violencia. Las tres cámaras del polvorín explosionan de manera secuencial, aunque de forma tan rápida que los testigos afirman haber oído una sola detonación. La onda expansiva destroza la vegetación y lanza a las personas situadas en los alrededores a decenas de metros de distancia, mientras que el personal que se encontraba en la cubierta del polvorín desaparece en el acto. El aire se vuelve irrespirable y la tarde se oscurece por completo debido a una densa nube de tierra y piedras que envuelve prácticamente todo el pinar. La lluvia de escombros tarda unos cuatro minutos en cesar.

Los supervivientes que quedan en la zona, además de sufrir diversas heridas, se encuentran sordos, aturdidos y desorientados. Tras la caída de arena y piedras, el silencio reinante sólo se ve roto por sus lamentos y peticiones de auxilio.

La onda de choque de la explosión rompe todos los vidrios en un radio de cuatro kilómetros, incluidos los de la ciudad de Valladolid, y el atronador sonido se percibe en toda la provincia. La colonia del pinar recibe una copiosa lluvia de cascotes que afortunadamente solo causa daños materiales.

15.00 horas:

A medida que se disipa el polvo del ambiente, se clarifica el alcance de la catástrofe. El paisaje ha cambiado por completo y el escenario resulta aterrador a la vista de los supervivientes: un gran montículo de circular de arena mezclada con numerosos restos humanos rodea el cráter donde antes se erigía el polvorín, de unos veinticinco metros de profundidad y ochenta metros de diámetro. Sus laderas todavía humean.

Los pinos del entorno han sido desgajados y la onda expansiva ha derribado las paredes de los cuatro polvorines de superficie contiguos; dejan al descubierto, bajo cerchas de hierro retorcidas y escombros, municiones y explosivos que milagrosamente no han estallado con la detonación principal [37]. La onda térmica no produjo ningún incendio en las inmediaciones. El camino del polvorín queda totalmente bloqueado; las camionetas, vehículos oficiales y las calderas de brea se han convertido en amasijos de hierro desplazados y volcados.

Los supervivientes y heridos leves comienzan a auxiliar a los afectados de mayor gravedad y los trasladan hacia la carretera de Rueda, donde son recogidos y evacuados al Hospital Militar [38], la Casa de Socorro [39] y la Mutua Patronal Castellana [40].

[37] Generó gran preocupación entre los militares la organización de la retirada de ese material.

[38] Actualmente Consejería de Sanidad y Bienestar Social.

[39] La Casa de Socorro se encontraba en la calle López Gómez, anexa al actual colegio García Quintana, inaugurada en 1929.

[40] Estaba situado en el Paseo de Zorrilla enfrente de la pérgola del Campo Grande.

6. Trabajos posteriores:

Se inician las labores de evacuación de los materiales explosivos hacia otros polvorines de la zona. Se redactan los correspondientes partes e informes a través de la cadena de mando militar, se abre de inmediato la causa judicial y se procede a realizar las primeras inspecciones oculares, diligencias, declaraciones y las escasas identificaciones que se logran inicialmente (catorce cadáveres).

El balance arroja más de un centenar de desaparecidos, entre ellos nueve bomberos. Los zapadores trabajan intensamente durante los días siguientes para recuperar todos los restos humanos posibles de la zona del desastre.

7. Conclusiones de la causa 549/1940:

Con el fin de averiguar los motivos de la explosión y depurar responsabilidades, la autoridad militar ordenó la instrucción de la causa 549/1940 al juez instructor del Juzgado Militar n.º 3 de guardia en Valladolid.

De la instrucción se concluyó que nadie vio salir humo del interior, antes del primer estallido, ni fuego del exterior que lograra penetrar en la instalación. Tras inspeccionar las calderas cercanas empleadas para la preparación de la brea del camino, se comprobó que no pudieron iniciar ningún incendio; estas se encontraban a medio rendimiento y sin llama viva por coincidir con la hora de la comida de los trabajadores. Incluso se constató que la rampa de entrada al polvorín, la cual no resultó completamente destruida, carecía de cualquier vertido de brea. Asimismo, se investigaron los antecedentes políticos y judiciales de los obreros, con el objetivo de descartar un posible sabotaje a la instalación.

Los informes técnicos, remitidos un año después del siniestro, no lograron determinar si el origen del fuego se debió a los productos almacenados, al haber desaparecido estos en su totalidad durante la explosión. Además, se comprobó que existían serios problemas con la identificación de los lotes y con la composición de parte del material acumulado, ya que gran parte no era de fabricación española; no obstante, los peritajes sí describieron algunas reacciones químicas que, presuntamente, habrían podido provocar la explosión inicial de forma espontánea.

En marzo de 1941, el juez instructor emitió un informe sobre el estado de la instrucción, aún sin finalizar, con la intención de agilizar las gestiones administrativas en favor de las víctimas y sus familias. No fue hasta el mes de enero de 1943, cuando el capitán general, tras el dictamen favorable del asesor jurídico militar, acordó el sobreseimiento definitivo de la causa, declarando que todos los fallecidos y heridos estaban en acto de servicio. Esta resolución permitió tramitar formalmente las solicitudes de pensiones y la devolución de los escasos efectos personales recuperados.

Ante el rigor observado en la investigación, se estableció como hipótesis más probable del origen del incendio alguna de las innumerables reacciones químicas que, dentro de este tipo de instalaciones y materiales, pueden producirse de forma espontánea.

El documento señaló de forma expresa que el comportamiento, sin excepción, de la fuerza y del personal resultó verdaderamente ejemplar e inspirado en el más alto concepto del cumplimiento del deber. Sin embargo, lamentaba que la concepción de los hechos efectuado por el coronel jefe del Parque de Artillería, así como las órdenes que dictó sobre el terreno, no consiguieran detener el incendio, lo que dio a la catástrofe subsiguiente tan trágicas proporciones en bajas humanas

Por todo ello, el instructor solicitó que se acordara el sobreseimiento [41] de la causa penal, declarando expresamente a las víctimas del suceso como muertos o heridos en acto de servicio.

[41] De todas formas, el sobreseimiento tuvo carácter provisional, porque la causa de la explosión no se había aclarado al cien por cien; quedaba abierta por si, en un futuro, aparecían nuevas pruebas; sin embargo, los efectos administrativos de declarar a las víctimas fallecidas o lesionadas en acto de servicio se aplicaban de forma inmediata y definitiva para proteger a las familias.

8. Epilogo de honor:

En apenas catorce años se cumplirá el centenario de esta tragedia. Quienes lograron sobrevivir superarían hoy los cien años de edad y, probablemente, ya no se encuentren entre nosotros. Este relato nace como un homenaje a su memoria y muy especialmente a la de aquellos que desaparecieron de forma fatídica, dejando un vacío inmenso en sus familias.

Diversas señales, casuales o quizá sobrenaturales, me han hecho comprender que no desean ser olvidados. A todos ellos dedico este reportaje. Mi intención es que los lectores de hoy interpreten estos hechos, caminen sobre las huellas del pasado y conecten, en espíritu o quién sabe si en cuerpo, con aquellos héroes que, por su disciplina y comportamiento ejemplar, fueron llamados a otra dimensión.

¡Abran bien los ojos!

BIBLIOGRAFÍA Y OTRAS FUENTES

  • Municio Pérez F. J., Domínguez Cortés, O. y Sanz Rubiales: Explosiones en los polvorines del Pinar de Antequera: crónica del accidente más dramático de la historia de Valladolid. Valladolid, 2015.

  • Val Sánchez, J. D.: Las explosiones de los polvorines del Pinar de Antequera. Visión espiritual y judicial de una tragedia. Ayuntamiento de Valladolid, 2021.
  • Archivo Municipal de Valladolid.
  • Instituto Geográfico Nacional.
  • Google Earth Internet.



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