La Caballería durante la Guerra de África 1859-1860. 2ª parte

13.08.2026

José Javier Rodríguez Pastor

Desarrollo de las operaciones. Acciones protagonizadas por la Caballería

Figura 1. Choque de la Caballería española con la marroquí. Museo Romántico (Madrid)

La denominada Guerra de África (1859-1860), suele dividirse tradicionalmente para su estudio en tres fases:

  • La inicial, de carácter defensivo, que tuvo lugar en los alrededores de Ceuta
  • La intermedia, que comprende la progresión del Ejército hasta la llanura de Tetuán
  • La final, que abarca desde la caída de Tetuán hasta la firma de la paz en Wad-Ras

1.- FASE INICIAL. COMBATES DEFENSIVOS EN LOS ALREDEDORES DE CEUTA

El 18 de noviembre de 1859, las tropas del I Cuerpo de Ejército desembarcaron en Ceuta al mando del mariscal de campo Echagüe. Su primera acción consistió en ocupar, sin oposición por parte marroquí, una posición en la meseta del Serrallo [1] que, en los días sucesivos, se iría fortificando con un conjunto de reductos. Con ello, se alejaba al enemigo de la plaza de Ceuta y se ganaba un terreno que luego resultaría esencial para poder absorber la llegada de refuerzos.

[1] Los marroquíes pensaban que el desembarco español se produciría en las inmediaciones de Tánger y no en Ceuta, como finalmente sucedió, por lo que, de alguna forma, fueron pillados por sorpresa.

Figura 2. Vista de Ceuta desde el otero. Acuarela del mariscal de campo Juan de Velasco

Aunque era previsible que el I cuerpo tendría que afrontar muchos peligros y penalidades, la realidad superó con mucho las estimaciones que se hicieron.

A partir del 22 de noviembre, comenzaron a intensificarse los ataques marroquíes que, durante casi un mes, tratarían sin éxito de derrotar a las tropas desembarcadas y obligarlas a replegarse sobre Ceuta. En un terreno accidentado y cubierto de vegetación, las cargas a la bayoneta de la Infantería española consiguieron mantener a raya al enemigo, aunque a veces se pagara un alto precio en bajas. El escenario de los enfrentamientos no favoreció el empleo de tropas montadas, por lo que los dos escuadrones de cazadores del I cuerpo no tuvieron ocasión de participar activamente en estos primeros combates de la campaña.

El desgaste de las tropas de Echagüe fue muy superior al esperado, debido a la agresividad mostrada por el enemigo, las duras condiciones meteorológicas y a una epidemia de cólera que diezmaría a las tropas españolas. Especialmente violentos resultaron los combates del 25 de noviembre (acción del Serrallo), en el que el número de bajas, entre muertos y heridos, ascendería a 425. El propio Echagüe resultó herido y tuvo que ceder temporalmente el mando al general Gasset.

Ante las noticias que llegaban del I cuerpo, O´ Donnell se vio obligado a acudir en su apoyo con el II Cuerpo de Ejército y la División de Reserva, cuyas tropas desembarcarían en Ceuta los días 27 y 29 de noviembre. Con ello se modificaban los planes iniciales para la campaña y quedaba descartada la idea de desembarcar otras tropas en diferentes zonas de la costa mediterránea. La decisión final fue concentrar en Ceuta a todo el ejército y hacerle avanzar por el litoral marítimo hasta Tetuán con el apoyo de la Armada, siempre expuesta a los duros embates de la costa de levante.

Figura 3. Campamento español en Ceuta, en diciembre de 1859. Atlas de África. J. Velasco

En los días sucesivos, el III cuerpo, la División de Caballería y la Artillería restante irían llegando a Ceuta, con el aprovechamiento de los claros que, dentro del pésimo tiempo reinante, se iban presentando. Hasta mediados de diciembre, no estuvo todo el ejército reunido. También en esas fechas, comenzarían los trabajos de los ingenieros para acondicionar el camino que deberían seguir nuestras tropas hasta Tetuán.

Figura 4. Despedida de un lancero de Farnesio, antes de embarcar rumbo a Ceuta. Ferrer Dalmau

2.- FASE INTERMEDIA. LA MARCHA HACIA TETUÁN.

Por fin, el uno de enero de 1860, el ejército expedicionario, con la única excepción del I cuerpo que quedó como guarnición en Ceuta, pasaba a la ofensiva. Las tropas españolas compuestas por el II cuerpo (Zabala) y la División de Reserva (Prim) iniciaron su marcha sobre Tetuán. Desde el mar, una escuadrilla ligera navegaba en su apoyo. El tiempo había mejorado y la mortandad causada por el cólera estaba disminuyendo. Comenzaba la segunda fase de la campaña.

Figura 5. El descanso en la marcha. Óleo de Gil José Benlliure

El campo de Ceuta y los llanos de Tetuán estaban separados unos 50 km que había que recorrer por un terreno inhóspito y claramente favorable a la defensa. Perpendicularmente a la dirección de marcha, se sucedían las estribaciones de una serie de sierras que formaban barreras naturales muy aptas para frenar un avance frontal. Además, la abundancia de vegetación y arbolado facilitaba la ocultación y la ejecución de emboscadas. Los espolones rocosos y los crecidos ríos, en aquella época del año, definían una sucesión de valles donde se librarían los principales combates. El primero era el de los Castillejos, le seguían el del río Manuel, el valle de Asmir o Smir y el de río Martín o Guad-el-Jelú, este último ya en las inmediaciones de Tetuán.

1 de enero de 1860. Batalla de los Castillejos. Carga de los escuadrones de húsares.

La división de Prim, con dos escuadrones de húsares en su vanguardia (el 1.º y el 4.º escuadrones del Regimiento Princesa), encabezaba la progresión de nuestras tropas. Nada más comenzar el avance, los marroquíes, que marchaban paralelamente por su flanco derecho, empezaron a concentrase para impedirlo. A su llegada al valle de Castillejos, los españoles tropezaron con una cierta resistencia enemiga que, en primera instancia, lograron superar, de acuerdo con las órdenes dictadas por O´Donnell. Sin embargo, más tarde, nuevos contingentes de Infantería y Caballería marroquí permanecían todavía en las lomas que cerraban el extremo sur del valle. Prim, sin esperar instrucciones, se decidió a atacarlos. Contra los primeros, envió diez batallones de infantería; contra los segundos, a sus dos escuadrones de húsares.

Entre las bajas por el cólera y los que se encontraran destacados, ambos escuadrones difícilmente llegarían a los 200 hombres. Frente a ellos, en un primer momento, un centenar de jinetes moros en orden disperso y continuo movimiento.

Los húsares, sable en ristre, cargaron sin vacilar contra la Caballería mora que rápidamente fue dispersada y obligada a retirarse. Seguidamente, se inició una persecución que condujo a nuestros jinetes hasta un paso estrecho entre las montañas, al fondo del cual se avistaban las tiendas del campamento moro; sin vacilar y contra toda prudencia, dirigieron allí sus monturas.

Figura 6. Carga de los Húsares en Castillejos. Ilustración de Emilio Marín. Revista Dragona (enero 1994)

A la entrada del desfiladero, fueron recibidos por una granizada de balas disparadas desde ambos lados que les causaron las primeras bajas. Inclinados sobre los caballos, los húsares continuaban la carga animados por sus oficiales cuando, repentinamente, el suelo pareció hundirse a su paso. Hombres y caballos de las primeras filas cayeron revueltos en tres zanjas que habían sido preparadas y camufladas con arbustos; los escuadrones habían sido atraídos a una emboscada. Simultáneamente, los jinetes moros cesaron en su huida y se revolvieron para atacarlos de frente mientras que, por los flancos y retaguardia, aparecían grupos de marroquíes a pie dispuestos a masacrarlos.

Lejos de amilanarse ante tan comprometida situación, los húsares reaccionaron con prontitud; las siguientes filas consiguieron sortear las zanjas y entablaron combate con la caballería mora sin reparar en la superioridad del enemigo. Algunos jinetes, entre los que se encontraba el cabo Mur, llegaron en su galopada incluso hasta el mismo campamento moro. En aquella jornada, Pedro Mur Escalona conquistaría la gloría al arrebatar un estandarte enemigo, después de matar a su portador en combate cuerpo a cuerpo. Por el valor demostrado en la acción recibiría la Cruz Laureada de San Fernando.

Figura 7. Pedro Mur arrebata el estandarte de la Caballería marroquí en Castillejos

Pero la situación para los húsares seguía siendo comprometida y urgía salir de aquel avispero; ayudándose unos a otros, los que habían caído en las zanjas salieron de ellas como pudieron; los que todavía seguían montados ofrecieron a los caídos las grupas de sus caballos. En buen orden, sin dejar a nadie a su suerte y sin dejar de combatir, regresaron nuevamente por la cañada al valle de los Castillejos, donde los que aún seguían aptos para el combate volverían a ocupar su puesto en las filas del ejército. Allí esperarían, imperturbables, el desarrollo del combate, dispuestos a intervenir si hubiera sido necesario, algo que finalmente no sucedería. Aunque hubo momentos en el que éxito estuvo comprometido, los batallones de Infantería lucharon con bravura y la jornada se cerraría finalmente con una costosa victoria para los españoles.

Figura 8. Cabo Mur. Ferrer Dalmau
Figura 8. Cabo Mur. Ferrer Dalmau

En el tiempo que duró la acción, los húsares tuvieron numerosas ocasiones para distinguirse. Además de la mencionada hazaña del cabo Mur, es preciso citar el comportamiento del cabo Pérez Navarro, el primero en entrar en el campamento marroquí y que salvó la vida del teniente Aburrea, cuando éste se encontraba herido y desmontado. Lo mismo hizo el soldado Medina, que rescató al teniente Fernández de Córdoba, también herido y desmontado. Algunos lograron escapar de milagro, como el capitán Valledor, que lo hizo cuando sus captores comenzaron a pelearse por el dinero que llevaba en sus bolsillos. Las bajas de los húsares, inevitablemente, fueron elevadas. Los comandantes de ambos escuadrones resultaron heridos, así como otros cinco oficiales, alguno de los cuales recibió más de una docena de heridas. Los tenientes Herrera y Rodríguez Salvadores resultaron muertos. En total, solo dos oficiales salieron ilesos. Entre la tropa, hubo ocho muertos y cuarenta y tres heridos. Veinte caballos murieron y treinta y nueve quedaron heridos. En resumen, las bajas sumaron 60 hombres, más de un tercio de los que participaron en el combate [2].

[2] Datos extraídos del libro: Las Campañas de la Caballería española en el siglo XIX.

Aquella jornada permitió a la Caballería española mostrar su superioridad sobre la marroquí, algo que no haría más que confirmarse en los posteriores combates.

En un análisis objetivo de esta acción, hay que señalar que, aunque la carga de Princesa se haya ganado, y con razón un hueco en las leyendas del Arma, parece evidente que los húsares fueron conducidos a una emboscada y ello supuso un éxito táctico del enemigo. Sin embargo, la reacción fue tan valiente que lograron convertir lo que podría haber sido un auténtico desastre en una victoria. Tomar trofeos al enemigo, retirarse en buen orden sin abandonar a un solo compañero vivo [3] y encontrarse en condiciones de reanudar el combate inmediatamente después de la acción protagonizada, son pruebas de que una fuerza no ha sido derrotada. Qué duda cabe que, a pesar de todo, los húsares cometieron una grave imprudencia que pudo haber tenido fatales consecuencias. Alguna fuente lo atribuye a una orden mal interpretada, tal y como ocurrió en la famosa batalla de Balaclava, pero parece un hecho constatado que lo que realmente sucedió fue que los jinetes españoles se dejaron llevar por un ardor excesivo que sus oficiales no supieron o quisieron refrenar.

[3] Algunas fuentes señalan que los moros lograron hacer tres prisioneros, pero que estaban tan gravemente heridos que murieron a los pocos días. Al parecer sus dólmanes blancos se vendieron en la Judería de Tetuán.

El historiador y militar Martín Arrúe (1850- 1915) describió así la carga: Fue brillante y oportuna hasta que llegaron a la cañada; temeraria desde que se internaron en ella; absurda al invadir la hondonada y llegar al campamento marroquí; peligrosísima cuando, viendo que el enemigo les hacía fuego nutridísimo de espingarda desde las alturas, se vieron en la absoluta necesidad de retroceder por la misma cañada que recorrieron para entrar, y siempre, heroica.

Esta descripción parece reflejar perfectamente los hechos. Quizá se podría añadir que una Caballería excesivamente prudente raras veces ha conseguido una victoria y que los húsares compensaron con extraordinario valor su excesiva temeridad.

Figura 8. Panorámica del valle de los Castillejos, 2 de enero de 1860. Atlas de África. J. Velasco

De Castillejos a los llanos de Tetuán: Monte Negrón – Valle del Asmir – Cabo Negro.

El día 2 de enero, la División de Caballería y el Tercer Cuerpo de Ejército se unieron al grueso. El 4 por la mañana, las tropas abandonaron sus posiciones para continuar el avance y vencer el siguiente obstáculo, el monte Negrón. Se trataba de un formidable espolón rocoso, fácil de defender, que parecía adentrarse hasta el mar y que cortaba el camino que debían seguir los españoles.

Gracias a una brillante maniobra de distracción, ejecutada por nuestras tropas, y al descubrimiento de una estrecha franja de arena por la que pudo pasar el ejército y su impedimenta, el obstáculo sería superado con pocas bajas. La Caballería no intervino en los escasos combates que se produjeron.

Figura 9. Panorámica del valle del río Manuel, el 5 de enero de 1860. Atlas de África. J. Velasco

El día 7 de enero, las tropas españolas estaban acampadas en el valle del río Asmir, cuando un fuerte temporal las privó del apoyo de la escuadra y las dejó peligrosamente aisladas durante cuatro días. Afortunadamente, el día 11, cuando el suministro de víveres comenzaba a ser un serio problema [4], el tiempo mejoró y los barcos pudieron volver a abastecer a la columna española [5].

[4] Se pensó formar un destacamento formado por 4 batallones y toda la Caballería para llevar a Ceuta un convoy de 200 acémilas y recoger allí raciones. Con el regreso de los barcos, la idea no llegaría a ejecutarse finalmente.

[5] El campamento de Asmir fue bautizado por nuestras tropas como el campamento del hambre.

Se produjeron ataques enemigos los días 8, 10 y 12 de enero, destacando por su dureza especialmente los del 10 y el 12. De nuevo, las impetuosas cargas a la bayoneta de la Infantería española consiguieron rechazarlos. Tampoco en estos combates participaron tropas montadas.

Figura 10. Panorámica del valle del río Asmir, el 10 de enero de 1860. Atlas de África. J. Velasco

El día 14, el ejército, ya debidamente abastecido por los barcos de apoyo, reemprendió la marcha hacia el Cabo Negro, obstáculo que solo podía superarse tomándolo al asalto. La misión recayó principalmente sobre las tropas del II cuerpo, mandado entonces por Prim ya que Zabala tuvo que ser evacuado el día 7 por enfermedad. Un escuadrón de lanceros de Villaviciosa, y otro de húsares, tuvieron ocasión de cargar, con éxito, contra numerosa Caballería de la guardia negra del sultán y contribuir a la victoria que obtuvieron las armas españolas en aquella jornada. Desde las posiciones recién conquistadas, los españoles pudieron contemplar en la lejanía el primer objetivo de la campaña: Tetuán

Figura 11. Sargento primero Rgto Lanceros de Villaviciosa 1860. Dibujo S. Arribas y R. Pastor

16 de enero, en la llanura de Tetuán. Despliegue de la División de Caballería

El día 16, fuerzas de infantería de marina tomaron, casi sin oposición, el fuerte que cubría la desembocadura del río Martín o Guad-el-Jelú [6]. Ese mismo día, desembarcó como refuerzo, la División Ríos, con ocho batallones y un segundo escuadrón de lanceros de Villaviciosa. Sus tropas acamparon en las inmediaciones del fuerte y remplazaron a su guarnición.

[6] Los moros, ante la presencia de nuestra escuadra, habían optado por abandonar las posiciones en la costa y concentrar sus tropas en las inmediaciones de la ciudad de Tetuán

A través de los caminos abiertos por los ingenieros, el día 17, las tropas comenzaron a bajar desde Cabo Negro a la llanura de Tetuán. Las primeras fueron la 1.ª brigada de la División de Reserva, la División de Caballería y un grupo de Artillería a caballo. La división, a las órdenes de Alcalá- Galiano, formó a retaguardia de la Infantería en dos líneas; la primera compuesta por cuatro escuadrones de coraceros y uno de húsares; en la segunda cuatro escuadrones de lanceros y otro de húsares.

Nada más que estas tropas iniciaron el movimiento, los moros comenzaron a concentrarse en el llano con ánimo de entablar combate. El decidido avance en formación de los españoles y los certeros fuegos de la Artillería en su apoyo lograron que el enemigo rehuyera el enfrentamiento y abandonara sus posiciones.

Al finalizar el día 17, todo el ejército ya se estableció junto a la margen izquierda del río Martín y comenzaron los trabajos para fortificar el campamento, entre los que destacaron los reductos defensivos de la Estrella y de la Aduana. No se producirían enfrentamientos de importancia hasta el 23 de enero.

Figura 12. Trompeta de Coraceros Regimiento 1860. Dibujo S. Arribas y R. Pastor.

23 de enero de 1860. Acción en torno al reducto de la Estrella. Cargas de Caballería

En el enfrentamiento que se produjo en esa jornada, fuerzas de Caballería tuvieron que cargar en apoyo de unidades de Infantería que, al adelantar excesivamente su posición, habían quedado aisladas y se habían convertido en una presa fácil para la Caballería mora. Formados en cuadro, algunas unidades, como el batallón Cantabria, se encontraban en una situación muy comprometida, pero O´ ´Donnell se percató de ello y envió en su socorro las unidades que tenía más a mano. Eran éstas, dos batallones de Infantería, dos escuadrones de lanceros de Farnesio, una sección de cazadores de Albuera y los propios guardias civiles que daban la seguridad al cuartel general.

Figura 13. El batallón Cantabria "formado en cuadro". Episodios de la Guerra de África. Villegas

Figura 14. Lancero de Farnesio a la carga. Ferrer Dalmau
Figura 14. Lancero de Farnesio a la carga. Ferrer Dalmau

La operación de socorro entrañaba gran dificultad, pues estas fuerzas debían atravesar una zona de marismas y pantanos que complicaba mucho el movimiento. La Caballería tomó la delantera y, ante la sorpresa marroquí, logró, con gran determinación, atravesar estos obstáculos y cargar con furia inusitada sobre los jinetes moros que rodeaban al Cantabria. Una vez más, aun estando en mayoría, las tropas marroquíes cedieron ante el empuje de los españoles y, perseguidos por estos, se replegaron sobre sus campamentos.

En esta ocasión, a diferencia de lo sucedido en Castillejos, la carga estuvo perfectamente controlada y, aunque nuestros jinetes llegaron cerca del campamento moro, se retiraron antes de entrar en él para volver a sus posiciones. Durante la acción, el soldado del 2.º escuadrón de Farnesio, Pedro Castillo Ramírez, capturó una bandera enemiga tras dar muerte a su portador y a su escolta, hecho por el cual le fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando.

Figura 15. Acción del 23 de enero de 1860. Pedro del Castillo se apodera de un estandarte enemigo. Álbum: Episodios de la Guerra de África. Villegas

31 de enero de 1860. Acción de Guad-el-Jelú. Bautismo de fuego para los coraceros.

El día 31, los marroquíes, que aparentemente no habían perdido el espíritu ofensivo, se presentaron de nuevo con ánimo de librar batalla. Sumaban unos 20.000 hombres, de los que una cuarta parte eran jinetes. La acción, conocida como el Combate de Guad-el-Jelú, también llamado de la Torre Jeleli, supuso el verdadero bautismo de fuego para los escuadrones de coraceros y ofreció, a la Caballería española, una oportunidad de lograr una nueva distinción.

A las 10 de la mañana comenzó el ataque marroquí sobre el ala derecha español. La División de Caballería, junto a una batería de Artillería, recibió la orden de desplegar en esa zona y su sola presencia ya sirvió para modificar las intenciones del enemigo. La primera situación verdaderamente complicada se produjo en el centro del despliegue español, cuando las tropas del III cuerpo comenzaron a soportar fuego nutrido del enemigo. Para aliviar esta presión, O ´Donnell ordenó a la División de Caballería cargar sobre el enemigo. Su jefe, el general Galiano, decidió encomendar el esfuerzo principal a la brigada de coraceros, apoyada por los lanceros.

Dejando en reserva el escuadrón del Rey, el general Villate avanzó con los escuadrones de la Reina y del Príncipe, con la misión de romper el ala derecha de la Caballería marroquí. Una sección del 1.º de húsares también intervino con el cometido de entretener al enemigo, mientras los coraceros pasaban una zona pantanosa.

Figura 16. Coracero de la Reina en 1860. Dibujo S. Arribas y R. Pastor

Completado el movimiento, húsares y coraceros desplegaron para la carga. Según las crónicas, esta fue brutal y arrastró todo a su paso, pero, al igual que en Castillejos, los jinetes se encelaron en la persecución del enemigo. En su galope lanzado al toque de degüello, se internaron en una vaguada por la que llegaron frente a una trinchera fuertemente guarnecida, desde la que recibieron una descarga cerrada. Impávidos a las bajas, saltaron por encima, para continuar el ataque sobre un enemigo, cuya retirada estaba cortada por la falda de la montaña. Su exterminio parecía ya inevitable cuando, por retaguardia de los españoles, aparecieron en su ayuda unos 1500 jinetes de la temida Guardia Mora del sultán, que hasta entonces habían permanecido ocultos.

La situación se invirtió por completo. Fueron entonces nuestros escuadrones los que, rodeados de un enemigo superior en número, se encontraron en un verdadero apuro. Lejos de ceder al pánico, cerraron filas y lograron mantener un cierto orden. A golpes de sable, lograron abrirse paso entre los moros y replegarse con éxito hacia la llanura. Este repliegue estuvo facilitado por el fuego de una batería de Artillería a caballo y por la carga que, en su apoyo, protagonizó la brigada de lanceros, al mando del brigadier Mariano San Juan y Pinedo [7]; llevaba el escuadrón de Santiago y el 4.º de Húsares en primera línea, apoyados por los escuadrones de Farnesio y Villaviciosa. Un escuadrón de cazadores de Albuera y el 1.º de la Princesa, colaboraron también en la acción, al cargar por su izquierda. Finalmente, toda esta Caballería, fatigada, se situó al amparo de los batallones del III cuerpo. En el curso de la acción, 13 oficiales y aproximadamente 50 de tropa causaron baja, lo que da idea de la dureza con que se produjeron los combates.

[7] Sustituyó, en el mando de la brigada de lanceros, al brigadier Romero Palomeque, que había causado baja en la acción del 23 de enero (combate de la Estrella)

En otro momento de la batalla, se produjo una nueva situación delicada, que también requirió la intervención de la Caballería. Fuerzas marroquíes habían maniobrado por el ala izquierda español con la intención de rodear a las fuerzas del general Ríos y cortarle la retirada. Este decidió hacer frente a la amenaza con la Caballería que tenía disponible, un escuadrón de Villaviciosa. Los lanceros dieron una briosa carga, que puso en fuga al enemigo, pero una vez más, el exceso de agresividad de nuestros jinetes les jugó una mala pasada. Sin percatarse, fueron atraídos a un terreno pantanoso en el que, de repente, se vieron frenados y hundidos hasta las cinchas de sus monturas. Los moros, al percatarse de la situación, volvieron sobre sus pasos y abrieron fuego sobre ellos. Mal dotados de armas de fuego y con el obstáculo delante, todo el escuadrón de lanceros parecía condenado a morir allí. Esta vez sería un batallón de Infantería quien, con una enérgica carga a la bayoneta, salvara a los lanceros de una muerte segura y posibilitara su repliegue. Las bajas del escuadrón se cifraron en una veintena de hombres.

Figura 17. Escuadrón de lanceros de Villaviciosa durante la acción librada el 31 de enero de 1860. Mundo Militar. Colección particular

A primera hora de la tarde, un ataque generalizado de todo el frente español, bien apoyado por los fuegos de Artillería, provocaría la desbandada del ejército marroquí y confirmaría una nueva victoria para las tropas españolas. En esta acción, intervino por primera vez en combate la compañía de cohetes de Artillería.

Figura 18. Gráfico que muestra el avance seguido por las tropas españolas hasta Tetuán.

3.- FASE FINAL: CAÍDA DE TETUÁN Y FIRMA DE LA PAZ EN WAD-RAS

2 al 4 de febrero. Preparativos para la batalla de Tetuán

El 3 de febrero, se reorganizó el Ejército Expedicionario para integrar los refuerzos que se recibieron de la Península. El I cuerpo (Echagüe), con 14 batallones, 5 baterías de Artillería y cuatro compañías de Ingenieros, siguió en Ceuta. Al II cuerpo (Prim) se le asignaron 17 batallones de Infantería, 4 baterías de Artillería y 1 compañía de Ingenieros. Al III cuerpo (Ross Olano), 15 batallones de Infantería, 4 baterías de Artillería y 1 compañía de Ingenieros. Se constituyó un cuerpo de ejército de reserva (Ríos) con 12 batallones y la compañía de cohetes.

Figura 19. Panorámica del valle de Tetuán el 1 de febrero de 1860 . Atlas de África. J. Velasco

En cuanto a la Caballería, los entonces 14 escuadrones existentes, quedaron encuadrados de la siguiente manera:

  • Con el I cuerpo, el 2º escuadrón de cazadores de Albuera y el escuadrón de cazadores Mallorca.

  • Con el III cuerpo, el 1º escuadrón de cazadores de Albuera

  • Con el Cuerpo de Reserva, un escuadrón de lanceros de Villaviciosa.

La División de Caballería (Galiano), seguía organizada en dos brigadas, ahora con cinco escuadrones cada una:

  • Brigada de coraceros: escuadrones de los regimientos Rey, Reina, Príncipe, Borbón y 1 de Húsares de la Princesa.

  • Brigada de Lanceros: 2 escuadrones de Farnesio, 1 de Santiago, 1 de Villaviciosa y 1 de Húsares de la Princesa

En total, los efectivos de caballería sumaban un total de 1632 jinetes, que constituían el 4,5% de los efectivos totales del Ejército.

4 de febrero. Batalla de Tetuán

El 4 de febrero, O¨´ ´Donnell, al ver que el enemigo no salía de sus campamentos situados en los alrededores de Tetuán, decidió ir en su busca. Las tropas españolas llevaron a cabo un ataque general en el que la Infantería, apoyada por los fuegos de la Artillería, se cubrió una vez más de gloria. El combate se decidió con un victorioso asalto a la bayoneta sobre los campamentos de las fuerzas de Muley-el-Abbas. Los españoles perdieron, entre muertos y heridos, 829 hombres. Las bajas de los marroquíes, aunque difíciles de concretar, se calcularon en unos 1000 hombres entre muertos y heridos. La Caballería no tomó parte activa en los combates y se limitó a cumplir con el papel que se le fue asignado: cubrir los flancos del Ejército y escoltar convoyes.

Figura 20. Panorama batalla de Tetuán el 4 de febrero de 1860. Atlas de África J. Velasco

Finalmente, el 6 de febrero, el Ejército español entrarían sin oposición en la plaza de Tetuán, abandonada por los marroquíes. A iniciativa de estos, se abrieron conversaciones para poner fin al conflicto, pero las duras condiciones impuestas por nuestro Gobierno no fueron aceptadas por los marroquíes.

Así pues, el Ejército de África se preparó para su siguiente objetivo, Tánger. Se recibieron tropas de refuerzo, algunas procedentes de la guarnición de Ceuta, entre las que se encontraba el escuadrón de cazadores de Albuera del I cuerpo.

El ejército marroquí, a pesar de las severas derrotas sufridas, aún mantenía su capacidad de combate, ya que todas ellas habían acabado con una retirada más o menos ordenada del campo de batalla, pero nunca en una desbandada.

Figura 21. Panorama del interior de Tetuán el 6 de febrero de 1860. Atlas de África J. Velasco

11 de marzo. Acción de Samsa: Cargas de cazadores y coraceros.

Mientras se realizaban los preparativos para avanzar sobre Tánger, se produjeron varias escaramuzas en los alrededores de Tetuán. Una de ellas, el día 11 de febrero, desembocó en un verdadero combate que se conoce como la Acción de Samsa.

Más de 15.000 enemigos, con muchos efectivos de Caballería, avanzaron en formación de media luna con el propósito de envolver nuestra ala izquierda y amenazar el campamento español. Para intimidarles, O´Donell envió contra el cuerno derecho enemigo varios batallones, con el escuadrón de Albuera en cabeza. Despreciando la superioridad numérica de los marroquíes, el escuadrón llevó a cabo una briosa carga que les hizo retroceder más allá del rio Jelú y abandonar la intención de volver a intentarlo por aquel franco. En esta acción, el escuadrón perdió a su jefe, el comandante Leguei, que, al parecer, se había lanzado por delante de sus hombres en persecución de un abanderado marroquí que huía. Aparentemente herido, su cabalgada acabó en el río, donde desapareció entre sus aguas, arrastrado por la fuerte corriente.

Figura 22. Teniente de cazadores de Albuera en 1860. Ferrer Dalmau

Fracasada la maniobra del cuerno derecho marroquí, el izquierdo intentó igualmente maniobrar sobre el ala derecha española, pero también en esta ocasión fueron frenados. Antes de que la oscuridad pusiera fin a la acción, O´ Donnell decidió lanzar un ataque a fondo en el que, sobre un terreno escabroso y ventajoso para la defensa, participaron brillantemente dos escuadrones de coraceros. Las tropas marroquíes fueron derrotadas y perseguidas hasta las 11 de la noche. La acción, a pesar de sus reducidas proporciones, tuvo un efecto moral muy negativo para las tropas del sultán. Se reanudaron las negociaciones para la paz, pero nuevamente fracasaron.

Figura 23. Panorama de los campamentos españoles el 10 de marzo de 1860. Atlas de África J. Velasco

Batalla de Wad-Ras

A las 8,00 horas del 23 de marzo, el Ejército de Operaciones, con víveres para 15 días y sin el apoyo de la escuadra, inició el avance hacia Tánger con la intención de tomarlo.

En vanguardia, el primer cuerpo de Echague [8], con 8 batallones de Infantería, 2 baterías de Artillería de montaña, 4 compañías de Ingenieros y el 2º escuadrón de cazadores del Albuera. Después marchaba O´Donnell, con su cuartel general y el resto de los ingenieros, seguido por el segundo cuerpo de Prim, con 16 batallones de Infantería, tres compañías de voluntarios de Cataluña, 4 baterías de Artillería de montaña y una de cohetes. A continuación, toda la impedimenta transportada por multitud de mulas y dromedarios, escoltada por gran parte de la División de Caballería, bajo el mando de Alcalá Galiano, con tres escuadrones de coraceros, dos escuadrones de lanceros y uno de húsares. Tras ellos, se situó el tercer cuerpo del general Ros Olano, con 15 batallones de Infantería, una batería de montaña y, casi a retaguardia, el 1.º escuadrón de cazadores del Albuera. Cerraba la columna una división del cuerpo de ejército de reserva con 4 batallones de Infantería, una batería de Artillería de montaña y un escuadrón de coraceros. A la derecha de esta larga columna, con la misión de proteger su flanco derecho [9], iba, en paralelo el resto del Cuerpo de Ejército de Reserva al mando del general Ríos. Sus fuerzas incluían 5 batallones de Infantería, los tercios vascongados de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya y dos escuadrones de lanceros de Villaviciosa.

[8] El 5 de marzo, tras recibir la orden de O´ ´Donnell, el cuerpo de Echague se incorporó, desde Ceuta, al Ejército de Operaciones para participar en la campaña de Tánger.

[9] El flanco izquierdo se consideraba cubierto por el río Martín o Guad-el-Jelú

El terreno por el que debían avanzar nuestras tropas estaba lleno de laderas y montes muy escarpados, así como de aduares o pequeños poblados beduinos; todos ellos eran obstáculos donde los marroquíes podrían ofrecer una dura resistencia, como finalmente sucedería.

Nada más iniciada la marcha, comenzaron a aparecer tropas de Muley-el-Abbas, que hostigaban la vanguardia de la columna y entorpecían su avance. Su acometividad fue creciendo a medida que esta avanzaba por territorio marroquí, hasta llegar a poner en dificultades al flanco izquierdo español, cuya única protección era el río Martín. En la confluencia de los ríos Buceja y Martín, Echagüe tuvo que enviar al 2.º escuadrón de cazadores de Albuera junto a un batallón del regimiento Granada contra una concentración de infantes y jinetes moros que impedían el avance de la columna. Ambas unidades tuvieron que emplearse a fondo y, tras un corto tiroteo, se lanzaron cuerpo a cuerpo contra el enemigo. Los cazadores dieron dos brillantes cargas que bastaron para, de momento, conjurar el peligro y forzar la retirada de los marroquíes.

Figura 24. Panorama de la batalla de Wad-Ras el 23 de marzo de 1860. Atlas de África J. Velasco

Pero la resistencia enemiga iba cada vez a más y, en un momento dado, resultó excesiva para Echague y sus tropas; en su apoyo, se hizo necesario hacer avanzar a parte del segundo cuerpo, incluyendo a los Voluntarios de Cataluña. Tambien la Caballería de Galiano recibió la orden de dejar la escolta del convoy y unirse a las tropas de Prim. A la cabeza de una brigada de Infantería, tres baterías y los escuadrones de Caballería, el impetuoso general atacó con éxito por la izquierda del I cuerpo, consiguiendo romper el centro enemigo. Tras atravesar el puente del Buceja, sobre montones de cadáveres, las tropas de Prim cruzaron el río y, una vez colocada la artillería en posición, lograron restablecer la situación.

El enemigo conseguía ralentizar la progresión, pero no lograba detener el avance de la columna española. Finalmente, esta desembocó en una amplia llanura cerrada por las alturas de Wad-Ras. Allí, lejos de desanimarse, esperaban nuevamente los marroquíes, que ocupaban posiciones apoyadas en los aduares de Beni-Ider y Amsal y en el espeso bosque del mismo nombre. Un nuevo ataque de Prim, con su puñado de batallones, artillería y el apoyo de algunos escuadrones, desalojó al enemigo del bosque de Amsal. Tras dejar allí las baterías bajo la protección de la Caballería, con algunas unidades de Infantería y su propia escolta personal, arremetió sobre el aduar del mismo nombre. El combate para ocupar la posición resultó muy encarnizado, con sucesivas acciones de ataque y contraataque que obligaron a Prim a tener que echar mano de todos los efectivos disponibles. Con los batallones de Infantería ya agotados, los coraceros recibieron también la orden de entrar en combate. Resulta obvio que un terreno empinado y poblado de árboles y rocas, no era el ideal para que la Caballería más pesada de nuestro Ejército cargara, y menos si lo hacía contra un enemigo protegido, pero, según las crónicas, la situación para las tropas de Prim era desesperada.

Figura 25. Lámina cuadro de la batalla de Wad-Ras Tercios vascongados.  Réplica del original de época.

Hablar de carga para describir la acción de los tres escuadrones de coraceros en su ataque a Amsal, puede resultar exagerado. Los caballos trepaban ladera arriba como podían, mientras los jinetes aguantaban, con la cabeza baja, las descargas de un enemigo emboscado en los matorrales, que cubrían las ásperas laderas.

Las bajas de la Caballería fueron muy elevadas; algunas fuentes las cifran en 80 para los tres escuadrones de los Regimientos Reina, Príncipe y Borbón que participaron en el ataque. El escuadrón de Borbón, que hasta entonces no había tenido ocasión de distinguirse en esta campaña, fue el que más pérdidas sufrió.

El sacrificio de los coraceros no resultó en vano y su apoyo a los batallones de Toledo y Navarra contribuyó a que, tras un tercer asalto ocurrido sobre las 4 de la tarde, el enemigo fuera definitivamente expulsado de la posición de Amsal.

La batalla continuó durante el resto del día, aunque la Caballería no volvió a intervenir en acciones de ataque. Poco más tarde, nuevas acometidas de nuestra Infantería tomaron al asalto, no sin sufrimiento, el Aduar de Beni-Ider. Los marroquíes ya no pudieron aguantar más y temerosos de que sus campamentos cayeran en manos de los españoles, se replegaron sobre los mismos para, a continuación, emprender la fuga hacia el Fondack.

Ante esta situación propicia para los españoles, O´ ´Donnell ordenó un ataque general al frente y a los flancos. Fue entonces cuando las tropas españolas avanzaron de manera imparable venciendo todo conato de resistencia marroquí. La Artillería terminó de desmoralizar a los milicianos de Muley-el-Abbas y su desbandada ya fue general. A las 17,00 horas, el Mando del Ejército de África, con sus unidades ya agotadas, decidió suspender el avance y acampar las tropas donde anteriormente lo habían hecho las del adversario.

En la batalla más sangrienta de la campaña, los españoles tuvieron más de mil bajas, entre muertos y heridos. Algunas unidades quedaron prácticamente en cuadro como el escuadrón de Borbón, el batallón de Cazadores de Ciudad Rodrigo o los voluntarios catalanes. Por parte marroquí, no existen cifras fiables, pero debieron ser altísimas a juzgar por los cientos de cadáveres que no pudieron llevarse consigo. Afortunadamente, no se produjeron más batallas; dos días más tarde, el 25 de marzo, ambos países acordaron un tratado de Paz.

Figura 26. Tratado de paz de Wad-Ras el 25 de marzo de 1860. Atlas de África J. Velasco

4. CONCLUSIONES SOBRE LA ACTUACIÓN DE LA CABALLERÍA

En los años en los que se libró la Guerra de África, la Caballería dedicaba casi toda su instrucción en prepararse para efectuar la carga. Esta acción resultaba decisiva cuando se ejecutaba en masa, y en determinados momentos del combate, pero cuando se abusaba de ella, sin ni siquiera provocar la situación táctica adecuada, el heroísmo derrochado resultaba inútil en demasiadas ocasiones.

La proporción de Caballería en relación con el total de tropas que formaron parte del Ejército de África estuvo por debajo de ese 10% que se consideraba ideal. Como tantas veces en el pasado, nuestros jinetes hubieron de suplir su escasez a base de coraje y disciplina.

El papel desempeñado fue más modesto que el de las otras Armas. El terreno no favorecía su empleo y además, el enemigo, excepto en la llanura de Tetuán, apenas utilizó la suya. Los jinetes moros se limitaron la mayoría de las veces a hacer acto de presencia, pero nunca cargaron a fondo. Los choques entre jinetes fueron mínimos y siempre se decantaron por el bando español.

En cualquier caso, el papel de la Caballería fue especialmente importante en los Castillejos (los húsares) y durante el periodo de campaña que se desarrolló frente a Tetuán, en la que protagonizaron las jornadas del 16 de enero (toda la división), el 23 de enero (los lanceros) y el 31 (los coraceros).

La mayoría de las fuentes consultadas coinciden en señalar que, en líneas generales, la Caballería no estuvo bien utilizada en este conflicto. La responsabilidad de ello se la atribuyen, en gran parte, al mando español, al que muchos autores achacan el no saber emplearla. Se llegó a decir Incluso que el propio O´Donnell se tomaba poco interés por ella. Tampoco están exentos de crítica los mismos oficiales del Arma, al señalarse, en algunas crónicas, que los españoles estaban escasos de buenos oficiales de caballería.

Sin duda, el empleo que nuestros generales hicieron de los escuadrones fue, en ocasiones, descabellado. Un buen ejemplo de ello fue el ataque que se ordenó a los coraceros durante la batalla de Wad-ras, contra el poblado de Amsal, situado en un terreno difícil y sembrado de obstáculos, más propicio para las tropas de Infantería. Se puede argumentar que se recurrió a ella cuando no quedaban entonces otras tropas disponibles, pero parece probado que Prim, siempre impetuoso en sus decisiones durante la campaña, atacó el poblado sin órdenes y sin disponer de los efectivos necesarios. No parece que, ni el terreno ni la situación táctica, justificasen aquel ataque, por lo que no resulta extraño que hubo quien dijera que:

…como siempre en esta guerra, la Caballería fue deficientemente empleada y fue sacrificada sin obtener a cambio una compensación suficiente.

En ocasiones, nuestros jinetes se vieron envueltos en situaciones seriamente comprometidas que debían haberse evitado. Las cargas de los húsares en Castillejos y de los coraceros en Torre del Jeleli no se supieron frenar a tiempo y pudieron acabar en desastre; la de los lanceros de Villaviciosa, en esa misma jornada, no fue precedida por un mínimo reconocimiento del terreno y ello pudo costarle la vida a todo el escuadrón. En todos estos casos, sus propios jefes se distinguieron más por su valor que por su acierto táctico.

Algún historiador, como Mordacq, llegó a reprochar a O´Donnell que no hubiera empleado nunca su Caballería para perseguir a un enemigo derrotado, ni siquiera en la importante batalla de Tetuán, donde la victoria podría haber resultado más rotunda. Esto último, por las características del terreno, puede resultar más discutible en favor del general español.

Se ha dicho de esta campaña que:

las fuerzas españolas derrocharon más heroísmo y sangre de lo necesario; con mejor organización, la victoria habría sido más fácil.

Estas palabras parecen también especialmente aplicables a la Caballería, cuyas glorias obtenidas podrían haberse conseguido a un precio menor.

Figura 27. Retratos de José Vallejo de tres de los jinetes jinetes laureados durante la campaña. De izquierda a derecha: cabo Pedro Mur, soldado Pedro Castillo  y cabo primero Francisco Pérez

Todo ello, no quita para reconocer el valor y la agresividad que distinguió a los escuadrones expedicionarios y que, en cierto modo, compensó los errores cometidos. A pesar de todo, cumplieron con brillantez las misiones encomendadas (atacar, cubrir despliegues de la Infantería, proteger convoyes de suministros…) y demostraron una y otra vez su superioridad sobre la Caballería enemiga.

En conjunto, la campaña costó al Arma aproximadamente un 20 por 100 de los efectivos empleados. El número de muertos fue de 186, de los cuales 71 (un jefe, 11 oficiales y 59 de tropa) fueron en acciones de combate; dos a consecuencia de las heridas recibidas y 113 (incluidos tres oficiales) por culpa de enfermedades. Los heridos sumaron 119 hombres (6 jefes, 24 oficiales y 89 de tropa) [10].

[10] Cifras extraídas del libro Campañas de la Caballería española en el siglo XIX

Es de destacar la alta proporción de bajas que hubo de oficiales respecto a la tropa. Mientras que en Infantería se cifró en 1 oficial por cada 20 de tropa, en Caballería fue de 1 por cada 5, lo que indudablemente refuerza la idea de que, si bien pudo faltarlos conocimientos tácticos, estuvieron sobrados de valor para cargar a la cabeza de sus hombres.

Figura 28. Entrada triunfal del Ejército de África en Madrid el 11 de mayo de 1860. Joaquín Sigüenza

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:

  • Marín, Ferrer, Emilio: La Caballería en la Guerra de África. 1859-1860, Revista Dragona.
  • Del Rey, Miguel: La Guerra de África 1859-1860. Uniformes, armas y banderas. Grupo Medusa ediciones. Madrid, 2001.
  • Albi, Julio y Stampa Leopoldo: Campañas de la Caballería española en el siglo XIX. Servicio histórico militar. Madrid, 1985.
  • Gómez Ruiz, M y Alonso Juanola, V.: El Ejército de los Borbones. Tomo VI reinado de Isabel II.
  • Estados Militares 1859-1861.
  • Atlas histórico y topográfico de la Guerra de África. Biblioteca de Defensa.
  • Guerra Hispano Marroquí (1859-1860). Mapas del Teatro de Operaciones.
  • Guerra Hispano-marroquí (1859-1860). Real Academia de la Historia.
  • Balaguer, Vicente: Españoles en África. Madrid, 1860.
  • Joly, A.: Historia crítica de la Guerra de África en 1859-1860. Madrid, 1910.
  • Baldovín Ruiz, Eladio: El Arma de Caballería, regulación histórica. Ediciones la Crítica. Madrid, Astorga, 2025.
  • Bobillo, Santiago: Grandes cargas de la caballería española. Glyphos publicaciones. Diciembre 2016.
  • Página web: El club de los jinetes de Farnesio
Share