
La Caballería durante la Guerra de África 1859-1860. 1ª Parte
José Javier Rodríguez Pastor

Batalla de los Castillejos. Ricardo Balaca. Museo de Bellas Artes de la Habana
¡Soldados! Vamos a cumplir una noble y gloriosa misión. El pabellón español ha sido ultrajado por los marroquíes, y la Reina y la Patria confían a vuestra labor el hacer conocer a ese pueblo semibárbaro que no se ofende impunemente a la nación española
De la arenga dirigida al Ejército Expedicionario el 18 de noviembre de 1859 por Leopoldo O´Donnell
1.- INTRODUCCIÓN. CONTEXTO HISTÓRICO
A mediados del siglo XIX, la convivencia en las fronteras de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla era insostenible debido a una delimitación territorial imprecisa y a la falta de un espacio de seguridad perimetral.
En 1859, durante el reinado de Isabel II, el gobierno de la Unión Liberal, presidido por el general Leopoldo O'Donnell y Joris, se mostró decidido a poner fin a esta situación. Con este objetivo, adoptó una estrategia basada en dos líneas de actuación complementarias: la diplomática y la militar. En el ámbito diplomático, se iniciaron negociaciones con el sultán de Marruecos para establecer de común acuerdo una nueva delimitación fronteriza en Melilla. Paralelamente, se llevaron a cabo medidas de carácter militar destinadas a reforzar la seguridad de Ceuta, como la fortificación de su campo exterior mediante la construcción de pequeños fuertes avanzados.
Mientras que las iniciativas diplomáticas desarrolladas en Melilla alcanzaron los resultados previstos, las medidas militares adoptadas en Ceuta no obtuvieron el mismo éxito y acabaron generando nuevas tensiones con las autoridades marroquíes.
En agosto de 1859, comenzaron las obras de fortificación y de inmediato suscitaron las protestas de las cabilas vecinas, que las interpretaron como una provocación y una amenaza a sus intereses. La tensión aumentó cuando, durante la noche del 10 al 11 de agosto, un grupo de anyeras [1] derribó las construcciones que los españoles habían comenzado a levantar y destruyó el mojón coronado por las armas reales que señalaba los límites fronterizos. El incidente sería considerado en España poco menos que una afrenta al honor nacional.
[1] Anyeras o angueras, tribu de origen bereber que ocupaba el territorio montañoso inmediatamente fronterizo con Ceuta

En los días siguientes, la situación se agravó. Se produjeron ataques contra el destacamento español encargado de proteger las obras que ocasionaron bajas en ambos bandos. Ante estos acontecimientos, el presidente O'Donnell, respaldado por una opinión pública cada vez más favorable a una respuesta contundente, exigió al sultán de Marruecos que castigara de manera ejemplar a los responsables de las agresiones. Por su parte, las autoridades marroquíes no atendieron las demandas españolas y ello terminó por incrementar aún más la tensión diplomática entre ambos países.
Después de una serie interminable de conversaciones y ultimátums, en los que ni unos ni otros lograron ponerse de acuerdo, el Gobierno español aprobó el 22 de octubre de 1859, con el beneplácito de los gobiernos francés y británico, una declaración de guerra que, dos días más tarde, sería notificada al ministro de Negocios Extranjeros marroquí.
La intervención militar española, según palabras del propio Gobierno español, no tenía por objeto un engrandecimiento territorial en el norte de África –algo que Gran Bretaña no habría visto con buenos ojos- sino simplemente castigar la agresión recibida, facilitar la celebración de acuerdos y evitar la repetición de incidentes. Como objetivo principal de la campaña, se fijó la toma de Tetuán, capital geopolítica y militar del sultanato y, como objetivo secundario, el importante puerto marítimo de Tánger.

Figura 2. Plan de operaciones para la campaña de África
El plan de operaciones para la campaña estuvo supeditado a ciertos condicionantes. En primer lugar, llevar a cabo un desembarco en las costas del Atlántico era impracticable por la ausencia de playas adecuadas y las malas condiciones meteorológicas propias de esa época del año. Por si fuera poco, la marina no contaba con embarcaciones suficientes para trasladar a todo el Ejército con su material, ni siquiera en tres expediciones. Todo ello llevó a considerar el puerto de Ceuta como el más idóneo para el desembarco de tropas y a utilizar esta plaza como base de operaciones para emprender la campaña. Por otro lado, la comunicación directa por tierra entre Ceuta y Tánger era entonces inexistente, lo cual hizo tomar la decisión de dirigir el avance del Ejército hacia el sur, siguiendo la costa, en dirección a Tetuán. El itinerario, aunque en menor cuantía, presentaba tambien muchas dificultades y habría que acondicionarlo, pero al menos permitiría a nuestras tropas contar con el apoyo de la Armada.
Este avance por tierra estaría además complementado por desembarcos de tropas en distintos puntos de la costa [2], de tal forma, que finalmente se reuniera una fuerza considerable capaz de batir al enemigo y tomar Tetuán.
[2] Desembarcos que, al final, no se llevaron a cabo. A la postre, el grueso del Ejército fue desembarcando sucesivamente en Ceuta y desde allí se emprendieron las operaciones por la costa en dirección a Tetuán
Una vez tomada esta plaza, una parte del Ejército podría marchar por tierra hasta Tánger, pasando por el desfiladero del Fondack, toda vez que el estado de los caminos, sin ser bueno, era mejor que los utilizados anteriormente. La toma de Tánger por tierra no era considerada por el Mando español una operación que pudiera resultar difícil, ni tampoco que pudiera dilatarse en el tiempo.
El 18 de noviembre de 1859, desembarcaron en Ceuta las primeras unidades del Ejército español y se iniciaron las operaciones militares que tendrían una duración de cuatro meses. En este periodo, se sucedieron las victorias en las batallas de Castillejos (1 de enero de 1860), Tetuán (4-5 de febrero) y Wad Ras (23 de marzo), que dejaron despejado el camino hacia Tánger. El 26 de abril de 1860, los jefes de ambos ejércitos, O´Donnell y Muley-el-Abbas, firmaron el Tratado de Paz, mediante el cual, España expandió los límites de Ceuta y Melilla y recibió la soberanía sobre el territorio de Ifni.

Figura 3. La Paz de Wad-Ras. Óleo de Joaquín Domínguez Becquer (1870)
2. EL EJÉRCITO DE ÁFRICA
Una vez declarada la guerra, se organizó para la campaña un Ejército Español de Operaciones, conocido como «Ejército de África», bajo el mando directo del capitán general Leopoldo O´Donnell. El número de efectivos se cifró inicialmente en 35.000 hombres, más tarde aumentados hasta los 50.000, encuadrados en tres cuerpos de ejército, una división de Infantería de reserva y una división de Caballería.
La distribución de fuerzas fue la siguiente: [3]
I CUERPO DE EJÉRCITO: bajo el mando del mariscal de campo Rafael Echagüe, reunía 14 batallones de Infantería, 2 escuadrones de Caballería, 4 compañías de Artillería y otras tantas de Ingenieros.
II CUERPO DE EJÉRCITO: al mando del teniente general Juan Zabala de la Puente, disponía de 15 batallones de Infantería, 1 escuadrón de Caballería, 3 compañías de Artillería y 1 compañía de Ingenieros.
III CUERPO DE EJÉRCITO: al mando del teniente general Antonio Ros de Olano, contaba con 15 batallones de Infantería, 1 escuadrón de Caballería, 3 compañías de Artillería y 1 compañía de Ingenieros.
DIVISIÓN DE INFANTERÍA DE RESERVA: al mando del teniente general Juan Prim, encuadraba 4 batallones de Infantería, 2 batallones de Artillería y 2 batallones de Ingenieros.
DIVISIÓN DE CABALLERÍA: al mando del mariscal de campo Félix Alcalá Galiano, agrupaba 9 escuadrones de Caballería y 3 escuadrones de Artillería a caballo.
[3] Datos extraídos del libro Campañas de la Caballería española en el siglo XIX. J. Albi – L. Stampa

Figura 4. Organización del Ejército expedicionario
Para apoyo de las operaciones, se constituyó, en la rada de Algeciras, una escuadra auxiliar al Ejército de África, al mando del brigadier de la Armada Segundo Díaz Herrera. Inicialmente estaba compuesta por cuatro buques de vela, siete vapores de rueda y tres de hélice. Posteriormente, se unirían un buen número de embarcaciones menores de muy variada naturaleza.
3. EL EJÉRCITO DEL SULTÁN

Es difícil de precisar el número de efectivos que el sultán Sidi Mohámmed IV utilizó en la campaña contra los españoles, pero debió oscilar entre los 40 y 60.000 hombres, procedentes tanto de las tropas permanentes del "Majzen" como de las harcas o milicias. El mando del Ejército fue asumido por Muley-el-Abbas, hermano del sultán.
El Ejército marroquí disponía de las mismas tres Armas que el Ejército español: Infantería, Caballería y Artillería. La Infantería, aunque muy apta para la guerra irregular, difícilmente podía soportar el enfrentamiento en campo abierto con unidades regulares de cualquier ejército europeo. La unidad táctica era la centuria, mandada por un caíd, y se dividía en fracciones de 25 hombres, mandadas por un jefe o mokaden. Los combatientes a pie empleados en la campaña se cifraron en unos 30.000.
La Artillería era muy inferior en calidad y número a la española, con 600 piezas de plaza y 150 de batalla, entre las que se encontraban solo 20 cañones de Artillería de campaña. Los artilleros eran, en su mayoría, renegados españoles.
De la Caballería marroquí, muy numerosa, se decía que podía compararse con cualquiera de las europeas, algo que durante el conflicto quedaría totalmente desmentido. Sus jinetes usaban preferentemente la espingarda y solo, en último extremo, los alfanjes y las gumías con las que también estaban armados. Soltaban frecuentemente las riendas, mientras galopaban para disparar su arma y dirigían a sus enjutos caballos con la presión de sus rodillas.
Este hábito, debiera haberse traducido en una clara superioridad para el combate a distancia, algo que, sin embargo, no sucedió, seguramente propiciado por la escasa disciplina que mostraron los jinetes moros. Siempre que fue posible, los jinetes moros eludieron el cuerpo a cuerpo.
Sus efectivos, se calculan entre 25.000 y 27.000 jinetes, de los cuales, unos 15.000 eran los bujari o la «Guardia Negra del sultán», como la llamaban los españoles. Este cuerpo, organizado en su origen a base de esclavos negros, constituían las tropas más aguerridas y estaban consideradas la élite del Ejército marroquí. Los restantes jinetes pertenecían al ejército regular, por lo que estaban medianamente organizados; disponían de una cadena de mando dirigida por oficiales que podían asimilarse a los coroneles españoles.

Figura 6. Caballería marroquí. De izquierda a derecha: Guardia Negra del sultán, oficial y soldado de la Caballería regular. Ilustraciones de Juan Carlos Carrasco para el libro "La Guerra de África".
A la Caballería, le correspondía un lugar de honor en el despliegue de media luna que, con intención de envolver al enemigo, adoptaban habitualmente las tropas del sultán para el combate. La Artillería ocupaba el centro y la Infantería se situaba en torno a ella y en las alas. Por su parte, los jinetes cubrían todo el frente. Su táctica habitual era galopar en pequeños grupos hacia el enemigo y efectuar una descarga con sus espingardas cuando se encontraban a distancia de tiro. A continuación, se replegaban y dejaban paso a nuevos grupos que repetían la maniobra hasta romper el frente del enemigo o hacerlo retroceder. Cuando se lograba alguno de estos dos objetivos, se lanzaba un ataque general a fondo en el que siempre se intentaba el envolvimiento por una o ambas alas.
4. LA CABALLERÍA EXPEDICIONARIA
4.1. Organización
Si bien la Caballería española no era tan numerosa como en el resto de los ejércitos europeos, al parecer sí que lo era de buena calidad. Al comenzar el conflicto, constaba de:
Dirección General a cargo del teniente general Juan de Zabala y de la Puente.
- Escuela General de Caballería en Alcalá de Henares
- Colegio Militar de Cadetes en Valladolid
19 regimientos, de los que 4 eran de coraceros, 8 de lanceros, 4 de cazadores y 3 de húsares
- 2 escuadrones sueltos de cazadores: Mallorca n.º 1 y Galicia n.º 2
- 4 escuadrones de remonta (Granada, Sevilla, Extremadura y Aragón)

Figura 7. Carga de los lanceros de Farnesio en 1860. Ferrer Dalmau
De todos estos cuerpos, sólo un total de 13 escuadrones formaron inicialmente parte del Ejército africano [4], lo que suponía tener una proporción de Caballería muy por debajo de lo que se consideraba la ideal, el 10% del total del Ejército.
[4] El 16 de enero, con las tropas de refuerzo que mandaba el general Ríos, desembarcó un escuadrón de lanceros de Villaviciosa, con lo cual fueron en total 14 escuadrones los que intervendrían en la campaña
De los trece escuadrones, cuatro eran de coraceros, cuatro de lanceros, tres de cazadores y dos de húsares. En un primer momento fueron encuadrados de la siguiente forma:
Primer Cuerpo de Ejército, 2 escuadrones:
- Escuadrón de Cazadores de Mallorca
- Escuadrón de cazadores del Regimiento Albuera, 18.º de Caballería
Segundo Cuerpo de Ejército, 1 escuadrón:
- Escuadrón del Regimiento Húsares de la Princesa, 19.º de Caballería
Tercer Cuerpo de Ejército, 1 escuadrón:
- Escuadrón de cazadores del Regimiento Albuera, 18 de Caballería
División de Caballería: 9 escuadrones
Primera brigada, con 5 escuadrones, al mando del brigadier Blas Villate:
- Escuadrón del Regimiento Húsares de la Princesa, 19 de Caballería
- Escuadrón de coraceros del Regimiento Rey, 1.º de Caballería
- Escuadrón de coraceros del Regimiento Reina, 2.º de Caballería
- Escuadrón de coraceros del Regimiento Príncipe, 3.º de Caballería
- Escuadrón de coraceros del Regimiento Borbón, 4.º de Caballería
Segunda brigada, con 4 escuadrones, al mando del brigadier Romero Palomeque:
- 2 escuadrones de lanceros del Regimiento Farnesio, 5.º de Caballería
- Escuadrón de lanceros del Regimiento Villaviciosa, 8.º de Caballería
- Escuadrón de lanceros del Regimiento Santiago, 12.º de Caballería
Salta a la vista que, con sus 9 escuadrones, la pretendida división de Caballería equivalía en realidad a una brigada, mientras que sus denominadas brigadas, con 5 y 4 escuadrones respectivamente, tenían los efectivos más propios de un regimiento.
La fuerza de los escuadrones de húsares y de cazadores era de 120 hombres y 106 caballos. Los escuadrones de lanceros contaban con 130 hombres y 115 caballos, mientras los de coraceros disponían de 140 y 125 respectivamente [5]. Todos ellos estaban organizados en cuatro secciones. Habida cuenta de la habitual falta de efectivos que por entonces tenían muchos de los escuadrones orgánicos, es fácil adivinar que, para constituir los escuadrones expedicionarios, fuese necesaria la contribución de todos los escuadrones del regimiento implicado.
[5] Cifras publicadas en el libro: El Arma de Caballería. Regulación Histórica de Eladio Baldovín Ruiz
El procedimiento de improvisar una división y sus brigadas para emprender la campaña, o de reforzar las unidades de combate desarmando las restantes del regimiento, no constituía el mejor sistema para organizar una fuerza de operaciones, pero en esos momentos no parece que fuera posible actuar de otra forma. Entre 1842 y 1859, el Arma había sufrido cinco cambios importantes en su orgánica, por lo que hasta puede resultar sorprendente que se consiguiera reunir trece escuadrones bien organizados para la fuerza expedicionaria.
De nuevo se adoptó el mismo sistema empleado en la Primera Guerra Carlista; se enviaron escuadrones sueltos en vez de regimientos completos, lo que lógicamente tuvo que repercutir en la cohesión de las unidades.
Los observadores extranjeros destacaron, en relación con la Caballería española, que sus jinetes lucían impecables uniformes, estaban bastante bien montados y que el estado de sus caballos era excelente.
4.2 UNIFORMIDAD Y EQUIPO
Coraceros
Según los reglamentos de uniformidad aprobados por reales órdenes de 24 de noviembre de 1856 y 8 de marzo de 1859, los cuatro regimientos de este instituto se vestían de la siguiente manera:
Casco de hierro a la romana, adornado con un llorón de cerda para las ocasiones de gala, y, por lo tanto, no utilizado en campaña.
Levita corta de paño azul turquí con cuello, carteras de las mangas y vivos del color singular fijado para cada regimiento (blanco para Rey, amarillo claro para Reina, grancé para Príncipe y celeste para Borbón). Todos lucían en las levitas charreteras con los flecos del color regimental.
Pantalón de paño grancé y hechura a la francesa, con franja en los costados del color regimental, con la excepción del Regimiento Príncipe cuya franja era de color azul turquí. Media bota de piel negra.

Figura 8. Teniente de coraceros Rey n.º 1 y soldado de coraceros Reina n.º2. Ilustración de Juan Carlos Carrasco para el libro: La Guerra de África.
En cuanto al armamento, la tropa solo disponía del sable de hoja recta modelo 1832 para Caballería de Línea y no llevaban arma de fuego. La coraza, prenda específica de este instituto, no fue usada en campaña. Los oficiales también iban armados con revolver, aunque muy probablemente lo hicieran a título particular. Los más empleados eran los modelos Adams 1857, de 10,5 mm de calibre y cinco tiros, y Lefaucheux-Trubia 1858, de 11 mm de calibre y seis tiros.
Los trompetas usaban el mismo vestuario que el resto de la tropa, pero se diferenciaban en que la levita llevaba a cada lado del pecho cinco ojales de estambre terminados en punta del color regimental.

Figura 9. Coraceros: capitán Regimiento Rey y soldado Regimiento Borbón. Ilustración de Emilio Marín para la revista Dragona (enero 1994)
Lanceros
Según el reglamento de uniformidad de 24 de noviembre de 1856, todos los regimientos de lanceros se uniformaron básicamente como los coraceros, con las siguientes salvedades:
El llorón (no usado en campaña) del casco, era de cerda negra
Cuello, carteras de las mangas y vivos de la levita eran, para todos los regimientos, de color grana. Hombreras, tipo dragonas, de metal blanco, figurando escamas en la media luna, y con forro grana.
El pantalón era de paño gris celeste, con tiras granas.

Figura 10. Capitán y trompeta del Regimiento Lanceros de Farnesio. Ilustración de Juan Carlos Carrasco para el libro: La Guerra de África.
Los trompetas usaban el mismo vestuario que el resto de la tropa, con la diferencia de qué, en la levita, llevaba a cada lado del pecho cinco ojales, terminados en punta del color grana.
Iban armados con el mismo sable que los coraceros y una lanza de 2,5 metros de altura con banderola de distintos colores según el regimiento; Farnesio, blanca; Villaviciosa, encarnada; España, amarilla; Sagunto, verde claro; Santiago, celeste y blanca; Montesa, celeste; Numancia, encarnada y amarilla; Lusitania, blanca y verde claro. Algunas fuentes señalan que también portaban pistolas de arzón, modelo 1859, de 14,4 mm de calibre. Los oficiales, como en el caso de los coraceros, disponían de un revolver.
Esta escasez de armas de fuego y una instrucción basada casi exclusivamente en la carga eran, a priori, desventajas importantes para lanceros y coraceros a la hora de enfrentarse con una Caballería enemiga que basaba sus tácticas en hostigar con sus disparos al enemigo y que sólo aceptaba el cuerpo a cuerpo si gozaba de una aplastante superioridad numérica. Afortunadamente, la Caballería mora, carente de disciplina, nunca fue rival para nuestros jinetes.

Figura 11. Lanceros: capitán Regimiento Villaviciosa, cabo y trompeta del Regimiento Santiago. Ilustraciones de Emilio Marín para la revista Dragona (enero 1994)
Cazadores
Según el reglamento de uniformidad aprobado por real orden de 3 de junio de 1859 todos los regimientos de cazadores se uniformaron de la siguiente manera:
Chacó de paño azul celeste con cinta de estambre grana en su parte superior; al frente y en el centro, una corneta de metal blanco; más arriba, una escarapela encarnada y una bombilla, donde se colocaba un pequeño pompón azul celeste. En las ocasiones de gala, el pompón era sustituido por un pequeño plumero recto azul celeste. En campaña, el chacó iba cubierto por una funda de hule negra. Forrajera de estambre negra.
Dolman de paño azul celeste con cuello sesgado en color grana. A ambos lados de este, el número del regimiento en metal blanco. El delantero del dolman está adornado por una cordonadura de estambre negra que une tres hileras de diez botones de metal blanco por fila. Las espaldas también están guarnecidas por una trencilla de estambre negro, así como el borde de la prenda. Bocamangas en forma de pico del mismo color que el dolman, adornadas con una franja estrecha en color grana.
Pantalón de paño grana de la misma hechura que para el resto de cuerpos, con tira celeste cubriendo las costuras de los costados

Figura 12. Trompeta y cabo del Regimiento de Cazadores Albuera. Ilustraciones de Juan Carlos Carrasco para el libro La Guerra de África
Los trompetas usaban el mismo vestuario que la tropa, pero se diferenciaban en que el plumero era de cerda color grana, igual que la cordonadura de la pechera del dolman y las costuras de pecho y espalda
En cuanto al armamento, contaban con un sable semi-recto para Caballería Ligera, modelo 1840, y una tercerola rayada, modelo 1855. Cruzaban el torso dos bandoleras de ante blanco, una larga para colgar la tercerola y otra más estrecha e interior para la cartuchera. Los oficiales llevaban revolver

Figura 13. Cazadores del Regimiento Albuera: trompeta, comandante y cabo primero. Ilustraciones de Emilio Marín para la revista Dragona (enero 1994)
Húsares de la Princesa
Según el reglamento de uniformidad aprobado por real orden de 24 de noviembre de 1856 y diversas órdenes posteriores, se uniformaban de la siguiente manera:
Chacó como el de los cazadores pero de paño blanco, franja superior amarilla y metales dorados. Escudo frontal que representa la Cruz de San Fernando. Escarapela encarnada y bombilla amarilla sobre la que va un pompón azul celeste. Para gala, el pompón era sustituido por un plumero corto de cerda azul celeste. Forrajera de estambre amarilla.
Dolman celeste con cuello y bocamangas del mismo color. Tres hileras de 10 botones grandes de metal amarillo. Pecho guarnecido con diecisiete órdenes de doble cordonadura de estambre amarillo. Faja encarnada con bellotas amarillas
Pelliza de paño blanco con piel negra de cordero alrededor de toda la prenda, en el cuello y en las bocamangas. Cuatro hileras de botones con 17 órdenes de cordonadura.
Pantalón celeste con dos tiras estrechas de paño amarillo a cada lado. Entre las dos tiras, un vivo amarillo. En lo demás igual al de los demás cuerpos
- Portapliegos de cuero negro charolado con un escudo con la cifra M.I.L con corona

Figura 14. Teniente, soldado y trompeta del Regimiento Húsares de la Princesa. Ilustraciones de Juan Carlos Carrasco para el libro: La Guerra de África.
Los trompetas usaban el mismo uniforme que la tropa con la salvedad de que el dolman es blanco, y la pelliza azul celeste.
Al igual que los cazadores, iban armados con un sable semi-recto para caballería ligera y una tercerola rayada modelo 1855. Los oficiales completaban su armamento con un revolver.
Debido al clima hostil al que se iban a enfrentar en África, cada uno de los jinetes, con independencia del instituto, portaba además un par de botas de agua y un morral de lona blanca para las raciones, que caía sobre la parte izquierda del torso.

Figura 15. Húsar de la Princesa en 1860. Óleo Ferrer Dalmau
CONTINUARÁ.....
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
Marín, Ferrer, Emilio: La Caballería en la Guerra de África. 1859-1860, Revista Dragona.
Del Rey, Miguel: La Guerra de África 1859-1860. Uniformes, armas y banderas. Grupo Medusa ediciones. Madrid, 2001.
Albi, Julio y Stampa Leopoldo: Campañas de la Caballería española en el siglo XIX. Servicio histórico militar. Madrid, 1985.
Gómez Ruiz, M y Alonso Juanola, V.: El Ejército de los Borbones. Tomo VI reinado de Isabel II.
Estados Militares 1859-1861.
Atlas histórico y topográfico de la Guerra de África. Biblioteca de Defensa.
Guerra Hispano Marroquí (1859-1860). Mapas del Teatro de Operaciones.
Guerra Hispano-marroquí (1859-1860). Real Academia de la Historia.
Balaguer, Vicente: Españoles en África. Madrid, 1860.
Joly, A.: Historia crítica de la Guerra de África en 1859-1860. Madrid, 1910.
Baldovín Ruiz, Eladio: El Arma de Caballería, regulación histórica. Ediciones la Crítica. Madrid, Astorga, 2025.
