
La Caballería española durante la Primera Guerra Carlista
Por José Javier Rodríguez Pastor, coronel de Caballería retirado

INTRODUCCIÓN. CONTEXTO HISTÓRICO
A la muerte de Fernando VII, ocurrida el 29 de septiembre de 1833, su hija, Isabel II, ascendió al trono de España, sin haber cumplido todavía los tres años de edad. Ante esta circunstancia, su madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, asumió de inmediato las funciones correspondientes a la corona y fue nombrada regente del reino.
Al mismo tiempo, el 1 de octubre de 1833, Carlos María Isidro de Borbón, hermano del rey y hasta ese momento su sucesor, se autoproclamó rey con el título de Carlos V, sin reconocer a su sobrina Isabel como la nueva reina ni a su madre como regente. Pronto, se iniciaron levantamientos armados a favor de éste por todo el territorio peninsular, muy especialmente en el País Vasco, Navarra, el Maestrazgo, La Mancha y Cataluña, con enfrentamientos que desembocarían en la Primera Guerra Carlista (1833-1840).

El conflicto se desarrolló en tres fases: la inicial (1833-1835), de organización y guerrillas, liderada por Zumalacárregui en el norte de España, con la aparición de focos en Cataluña y el Maestrazgo; la central (1835-1837) caracterizada por las expedicionesemprendidas por los carlistas, con la intención de extender el conflicto a todo el territorio nacional y también por la aparición de un embrión de ejército regular carlista en el Maestrazgo, a las órdenes de Cabrera; y la fase final(1837-1840), de desgaste y conclusión, que abarca la progresiva decadencia del carlismo y que se verá culminada con el Convenio de Vergara (1839) y su rendición final en 1840, una vez derrotadas las últimas resistencias.
Para combatir a los carlistas, defensores del absolutismo, María Cristina tuvo que buscar el apoyo de los liberales y hacerles concesiones que desembocarían en la revolución liberal de 1835 a 1837, con la que se puso fin al antiguo régimen y a la monarquía absoluta.
Nada más finalizar la guerra, en 1840, se produjo una nueva revolución, encabezada por las fuerzas más progresistas del momento, que obligaría a María Cristina a marchar al exilio y dar paso a la regencia del general Espartero.

1. SITUACIÓN DE LA CABALLERÍA EN 1833
Cuando la regente se hizo cargo del reino, la Caballería del Ejército aún arrastraba las nefastas consecuencias que tuvo la disolución de los regimientos del Arma en 1824. Su organización, en virtud del real decreto de 31 de mayo de 1828, era la siguiente:
- 5 Regimientos de línea: Rey n.º1 - Reina n.º2 - Príncipe n.º3 - Infante n.º4 - Borbón n.º5
- 7 Regimientos ligeros: Castilla n.º1 - León n.º2 - Extremadura n.º3 - Vitoria n.º4 - Albuera n.º5 - Cataluña n.º6 - Navarra n.º7
Además de estos cuerpos, se contaba con el Escuadrón Ligero de Madrid, creado en enero de 1833, y con el Regimiento de la Princesa María Isabel, creado por R.D de 6 de marzo de 1833, inicialmente como regimiento de línea y convertido enseguida en regimiento de húsares (R.D. de 20 de abril de 1833).
Cada regimiento estaba formado por una plana mayor y cuatro escuadrones divididos en dos compañías. Cada escuadrón contaba en plantilla con 126 jinetes y 96 caballos y un regimiento tenía 529 hombres y 389 caballos [1], aunque los efectivos reales distaban bastante de estos números. La situación, tanto de personal, ganado y equipo de estos cuerpos podía considerarse como de lamentable.
En cuanto a los uniformes, según la real orden de 11 de enero de 1830, los regimientos de línea vestían casco de hierro con sobre cimera y cola de caballo, casaca larga azul oscura con divisa roja en cuellos y vueltas, y pantalón azul celeste. Por su parte, los ligeros lo hacían con chacó negro, alto y estrecho, casaca corta azul celeste con divisa roja, y pantalón azul oscuro. El recién creado regimiento de húsares se uniformaba con chacó y pelliza de fieltro blanco, dolman con divisa blanca y pantalón azul celeste.
[1] Datos extraídos del libro La primera Guerra Carlista 1833-1840. Carlos Canales Torres

Figura 3.- Uniformes de los cuerpos de línea, ligeros y el de Húsares de la Princesa en 1833. Dibujos del autor
El mal estado de la Caballería del Ejército se compensaba parcialmente con la existencia de una potente división de caballería encuadrada en la Guardia Real. La calidad de su personal, ganado y equipo, así como su buena instrucción, muy superior a los cuerpos del Ejército, convertía a sus tropas en verdaderas unidades de élite.
Esta división estaba formada por una brigada de línea y otra ligera. La primera costaba de un regimiento de granaderos a caballo y otro de coraceros, mientras que la segunda la formaban un regimiento de cazadores y otro de lanceros. Cada regimiento constaba de cuatro escuadrones a dos compañías cada uno y sumaba un número de jinetes cercano a los 500. El de coraceros y el de lanceros contaban además con una compañía de tiradores. La división disponía también de su propia artillería, formada por cuatro baterías que disponían de un total de 16 piezas. En la figura 4 se muestran sus uniformes de gala.

Figura 4.- Uniformes de los cuerpos de la Guardia Real de Caballería en 1833. Dibujos del autor.
Toda la Caballería, como el resto del Ejército, mostró su apoyo firme al bando isabelino –también llamado liberal por las ideas que defendían o cristino por el nombre de la regente- y no hubo ninguna unidad que defendiera la causa carlista ni se pronunciara en favor de ella. Esto no impidió que un buen número de oficiales abrazara su causa y contribuyeran de manera muy significativa en la formación del nuevo ejército carlista.
2. LA CABALLERÍA DURANTE LA I GUERRA CARLISTA
2.1. ORGANIZACIÓN
2.1.1 La Caballería isabelina
Con la organización descrita anteriormente, entraron en campaña los trece regimientos que conformaban la Caballería del Ejército. A estos se sumaron los cuatro regimientos de la guardia, que alternarían sus cometidos de seguridad en la capital del reino con su participación en los distintos frentes del conflicto.

Dado el déficit de cobertura, que los regimientos presentaban al inicio del conflicto, se hizo necesario agrupar hombres y caballos para completar unos escuadrones "maniobreros" y dejar el resto "en cuadro" por falta de efectivos. Estos escuadrones fueron encuadrados en las diferentes columnas organizadas para operar contra los sublevados y pronto se dispersaron por toda la geografía nacional. Tal medida hizo que, cuando la guerra se regularizó, muchos regimientos se encontraran con la fuerza dispersa y raramente pudieran intervenir al completo de sus efectivos en las batallas más importantes. Con frecuencia, los generales isabelinos tuvieron como Caballería a sus órdenes, una colección de escuadrones sueltos de distinta procedencia y pertenecientes a distintos institutos, con todos los inconvenientes que ello suponía.

En 1835, con la experiencia de los dos primeros años del conflicto y bajo la dirección del mariscal de campo Valentín Ferraz como inspector de Caballería, se acometieron una serie de acciones dirigidas a cubrir las necesidades del Arma en lo referente a los efectivos de personal, ganado, instrucción de quintos, armamento y equipo del soldado. En octubre de ese año, se realizó el alistamiento de 100.000 hombres, con lo que, por R.D. de 16 de noviembre, los regimientos pudieron aumentar sus plantillas a 805 hombres y 672 caballos; esto daba un total de 10.666 individuos de tropa y 8970 caballos [2] para todo el Arma. Con esos números, cada regimiento podría disponer de tres escuadrones orgánicos activos y un cuarto que sirviera de depósito para la instrucción de los quintos. A finales de año, se aumentó el número de caballos por regimiento hasta alcanzar la cifra de 1.100, al aceptar el ganado como parte del pago a la concesión de quedar exento de la quinta.
[2] Datos extraídos del libro El Arma de Caballería. Regulación histórica. Eladio Baldovín Ruiz.
Con respecto al armamento y tras comprobar que la Caballería carlista utilizaba con éxito la lanza como arma principal, se acordó dotar también con ella a casi toda la Caballería isabelina. A excepción de los granaderos, coraceros y cazadores de la guardia, que conservaron los sables, todos los restantes regimientos, incluidos los húsares, se convirtieron de inmediato en unidades de lanceros.

También se prestó atención a las armas de fuego, que por aquellos años se encontraban en pleno auge. Una disposición de marzo de 1838 ordenó la creación en todos los regimientos de línea y ligeros (excepto en el de húsares) de una compañía de tiradores, armada con carabinas del modelo 1831 y sables del modelo 1828. Para cada una de estas nuevas compañías se establecía una fuerza considerable de siete oficiales, siete sargentos, 16 cabos, cuatro trompetas, 123 soldados y 130 caballos. Con ello, la fuerza total del Arma ascendió hasta los 12.000 efectivos de tropa y 9.900 caballos [3], de los cuales pertenecían a los cuerpos de línea 4.800 soldados y 4030 caballos y a los ligeros 7.200 soldados y 5.870 caballos.
[3] Datos extraídos del libro El Arma de Caballería. Regulación histórica. Eladio Baldovín Ruiz.
Durante los primeros años y al amparo del fervor de defender la causa liberal, nacieron algunas unidades poco convencionales, básicamente contraguerrillas, formadas por milicias urbanas y conocidas por distintos nombres, como fueron los escuadrones francos o los tiradores de Isabel II. Con ello, se intentaba compensar las limitaciones de la Caballería regular con fuerzas más ágiles, mejor adaptadas a las condiciones de la guerra y más familiarizadas con el terreno. Su eficacia resultó muy discutible y, con ello, se repitió el error cometido durante la Guerra de Independencia de levantar nuevos cuerpos, de existencia muy efímera, en vez de utilizar esos recursos de personal, ganado y equipo, para completar las unidades ya existentes.
A pesar de todo lo anterior, lo cierto es que los efectivos de la Caballería durante la guerra no aumentaron, lo que, en principio hubiera cabido esperar. En mayo de 1838, se creó un escuadrón suelto con destino al Ejército de Reserva de Andalucía que recibió el nombre de Escuadrón del General. Cuatro meses después se formaría otro con destino al Ejército del Norte denominado Escuadrón de Guías del General. Por una real orden de 13 de febrero de 1839, estos dos escuadrones se unieron al Escuadrón Ligero de Madrid, para crear un nuevo regimiento provisional de Caballería ligera con la denominación de Guías del General del Ejército del Norte. Este regimiento, tendría una corta vida; por R.O. de 4 de junio de 1841, tomará el nombre de Lusitania, 8º de ligeros.
2.1.2 La Caballería carlista
Puede considerarse que hubo tres ejércitos carlistas: el del Norte (País Vasco y Navarra), el del Maestrazgo (Aragón y Levante) y el de Cataluña, cada uno con una problemática diferente, aunque con múltiples elementos comunes.
En el Ejército del Norte, Zumalacárregui se preocupó de ir creando un pequeño cuerpo de tropas montadas al que Carlos Luis O´Donnell y Joris, militar de Caballería, que antes de la guerra servía en la Guardia Real, fue adiestrando en el uso de la lanza. Su bautismo de fuego se produjo en septiembre de 1834, en la acción de Viana (Navarra), con el propio jefe carlista a la cabeza. El enfrentamiento se saldó con un sorprendente éxito al derrotar a un grupo de jinetes de élite de la Caballería isabelina formado por cazadores de la Guardia.

A pesar de algunos éxitos iniciales, la Caballería carlista nunca llegó a tener un gran peso en el escenario vasco. Ni la geografía ni la tradición ayudaban mucho a ello. Ante las dificultades de remonta, hubo que recurrir al ganado capturado al enemigo, completado por el requisado a la población y el introducido por contrabando desde la frontera francesa.
Al igual que la Infantería, las unidades montadas se organizaron en función de la procedencia de sus integrantes. Entre las unidades creadas en el norte durante el transcurso de la guerra cabe citar:
Regimiento de Lanceros de Navarra, formado por cuatro escuadrones
Escuadrón de Jefes y oficiales, formado por Zumalacárregui con antiguos guardias de corps de Fernando VII.
Lanceros de Guipúzcoa, un escuadrón creado para apoyo de la infantería en una de las zonas mejor controladas por los carlistas
Escuadrón de Álava, formado por 120 jinetes
Húsares de Arlabán, apenas un escuadrón de alaveses, vistosamente uniformado
Escuadrones castellanos, formados puntualmente durante las expediciones.
Húsares de Ontoria, correctamente armados y uniformados, fueron de lo mejor de la caballería carlista.
Escuadrón del Príncipe, formado por el general Maroto como escolta personal
Escuadrón Cántabro, formado por cántabros y burgaleses principalmente durante la guerra su nombre cambió y pasó a llamarse Escuadrón de la Princesa

La dura situación del Ejército Carlista y la dificultad de conseguir caballos lo ilustra el hecho de que dentro del cuerpo de Caballería había dos compañías de "desmontados", que se encargaban del servicio de guardacostas.
En el Ejército del Maestrazgo, la Caballería que se creó tras los esfuerzos de Cabrera, fue numéricamente más amplia que la existente en el Ejército del Norte, pero de peor calidad, mal equipada e inestable. Al igual que ocurrió en Vascongadas y Navarra, constituyó sin duda el punto débil de las tropas carlistas. Se agrupó en regimientos entre los que cabe señalar:
- Lanceros de Aragón
- Lanceros de Tortosa
- Lanceros de Valencia
- Lanceros del Cid
Además, se formaron otras pequeñas unidades como los escuadrones sueltos de Lanceros de la Mancha, Lanceros de Toledo y Cosacos del Tajo, todos ellos procedentes de partidas de guerrilleros que en algún momento se unieron al Ejército de Cabrera.

En Cataluña, el carlismo no contó con un alzamiento de la extensión y alcance que el que se produjo en el Norte, en Castilla la Vieja o en el Maestrazgo, sino que fue defendido por pequeñas partidas que crecieron y se fortalecieron poco a poco. A finales de 1838, habían formado el embrión de un ejército disciplinado y tenaz que según algunos observadores extranjeros era capaz de batirse en campo abierto de igual a igual con las tropas isabelinas. Entre las unidades de caballería destacar el Cuerpo de Caballería de Cataluña que agrupaba a unos 200 lanceros.
En otras regiones, como Castilla y la Mancha, no puede decirse que se formara un ejército como tal, pero si existieron distintas fuerzas guerrilleras a caballo, carentes de instrucción militar que llegaron a sumar en total algunos cientos de jinetes.
2.2. VESTUARIO, ARMAMENTO Y EQUIPO
2.2.1 La Caballería isabelina
Si bien en cuanto a organización no se produjeron grandes modificaciones durante la guerra, no aconteció lo mismo con el vestuario.
En 1835, se produjeron las primeras modificaciones en la uniformidad. La Caballería de Línea desechó las botas de montar altas y pasó a vestir casco de cuero negro con cimera de latón y cola de caballo; casaca amarilla con divisa azul celeste en cuello, vueltas, vivos y barras a la polaca; pantalón azul celeste para gala (gris para campaña con media bota). La Caballería Ligera, por su parte, se uniformaría con morrión o chacó negro (más bajo y ancho que el anterior modelo), casaca verde botella y pantalón grancé con tira verde en las costuras para gala (sin tira y con refuerzos de cuero negro para campaña).

Figura 10.- Uniformes de la Caballería Isabelina (Línea y Ligera) a partir de 1835. Dibujos del autor
El Regimiento de Húsares de la Princesa, según se refleja en los Estados Militares, mantuvo su uniformidad hasta al menos 1837; a partir de este año, el dolmán y la pelliza fueron sustituidos por una casaca corta azul celeste sin solapa ni trencillas y un capote de igual color. El pantalón de gala se mantuvo de color celeste, con la novedad de lucir una tira blanca en las costuras de sus costados. El morrión, más bajo y ancho que el anterior modelo, se cubrió con fieltro negro. Algunas fuentes señalan que, en algún momento de la contienda y ante el total deterioro del uniforme de este cuerpo, se sacaron de los almacenes casaquillas encarnadas de procedencia inglesa del tiempo de la Guerra de la Independencia. También parece más que posible que, según algunos testimonios, el regimiento llegara a vestir en ocasiones el uniforme de gala en combate, como parte de la épica que lo acompañaba en muchas de sus acciones.

En cuanto a las compañías de tiradores creadas en 1838, en los regimientos de línea, su uniformidad, según Jiménez en su obra El Ejército y la Armada, se diferenciaría únicamente en el casco, que sería dorado, y en lucir una faja de lana con dos tiras celestes y una amarilla. En los regimientos ligeros, su uniformidad, también según Jiménez, se distinguiría solo por lucir en el chacó un llorón de color verde con pompón encarnado.

Figura 12.- Uniformes de la Caballería Isabelina en 1839. Dibujos del autor
Respecto a los cuerpos de Caballería de la Guardia Real, también en el transcurso del conflicto se introdujeron modificaciones en sus elegantes uniformes, con la finalidad de simplificarlos y adaptarlos a las necesidades de la vida en campaña. Así, en 1834, se retiraron las botas altas y los pantalones blancos para ser sustituidos por un pantalón azul con media bota de cuero negro. En 1835, se determinó que, para gala, todos los regimientos de la guardia utilizaran un pantalón grancé con una tira turquí a lo largo de la costura y sobrebota de becerro negro en el de montar. Se suprimieron las solapas y se acortaron los faldones de las casacas de los granaderos, conservándose los ojales o cordoncillos que los regimientos llevaban en los cuellos. El color de las casacas continuó siendo azul oscuro con cuello, barras y forro encarnado. Las prendas de cabeza no se modificaron: colbac para granaderos, casco a la romana para coraceros, chacó para cazadores y chascás para los lanceros.
Figura 13.- Uniformes de los cuerpos de Caballería de la Guardia Real a partir de 1836. Dibujos del autor

Las compañías de tiradores de granaderos y coraceros llevaban colbacs y chacós de corte ruso; estos últimos de fieltro negro con galón superior plateado y barboquejo de cuero negro.

Figura 14.- Uniformes de las compañías de tiradores de granaderos y coraceros de la Guardia Real. Dibujos del autor
En relación con el armamento, los regimientos de línea estaban dotados inicialmente con espadas de hoja recta, modelos 1825 y 1832, cuya esgrima principal eran las cuchilladas de arriba abajo. Los ligeros usaban sables de hoja curva, modelos 1825, mejor dispuestos para las estocadas a derecha e izquierda contra la infantería. Unos y otros usaban carabinas, tercerolas e incluso mosquetes recortados, - los ligeros con mayor profusión - sin que existiera un modelo único y estandarizado para todos. El arma representativa fue la carabina para Caballería modelo 1828, de 17 mm de calibre. Se trataba de un arma de chispa (pedernal), aunque muchas de ellas serían convertidas a percusión durante el trascurso de la guerra. Así mismo, las unidades montadas utilizaban pistolas de arzón para Caballería, la mayoría de calibre de 18 mm, que funcionaban con sistema de chispa.
Tras los triunfos alcanzados en los primeros años de la guerra por la Caballería carlista, armada fundamentalmente con lanzas, se dotó a casi toda la Caballería isabelina con este tipo de arma. Esta medida se aplicó incluso a los escuadrones de húsares con lo que de los 17 regimientos existentes, catorce se convirtieron en lanceros aunque solo uno, el de la guardia, perteneciera oficialmente a este instituto. El primer modelo de lanza fue el que provenía de 1815, para dejar luego paso a los modelos 1834 y 1835 con casi 3 metros de longitud.
El calzado era por entonces una auténtica tortura para el soldado en campaña. Si bien la Caballería contaba con las ventajas de tener un calzado de mayor calidad que la Infantería y de someterlo a un menor desgaste, los elevados gastos que producía la guerra hicieron necesario buscar soluciones para bajar los costes. Lo habitual fue usar la bota-pantalón o emplear pantalones con refuerzo de cuero por encima de la bota de montar, para que esta sufriera lo menos posible.

2.2.2 La Caballería carlista
La uniformidad en los ejércitos de Don Carlos fue siempre muy relativa y el hecho de dotar a las tropas de prendas reglamentarias constituyó, durante todo el conflicto, una prioridad relativamente baja. Hasta muy avanzado el año 1834, puede decirse que no hubo un atisbo de uniformidad ni en el vestuario ni en el equipo del Ejército del Norte.
No existían fábricas de tejido en las zonas ocupadas y las dificultades de abastecimiento eran enormes, por lo que la Caballería carlista, como el resto del Ejército, tuvo que equiparse principalmente con el material capturado al enemigo, completado con algunos uniformes confeccionados en Francia, y con ropas civiles.
Hubo, como no, intentos de uniformar a las unidades, pero siempre adolecieron de una falta de reglamentación precisa. Además, las pocas instrucciones que se impartieron nunca llegaron a la totalidad de fuerzas que defendían la causa de Don Carlos. No obstante, dentro de esta falta de uniformidad, existían grados. Las tropas de preferencia siempre estuvieron mejor vestidas y equipadas que las demás, y el Ejército del Norte, en gran parte debido a su proximidad con Francia, estuvo mejor dotado que el Ejército del Centro o el del Maestrazgo.

A modo de referencia, se señala a continuación los uniformes de algunas de las unidades que más se significaron durante la contienda, aunque debemos insistir en que la uniformidad, en muchos casos, brillaba por su ausencia.
Lanceros de Navarra: boina encarnada con borla blanca; chaqueta verde con cuello y vivos grana; pantalón de color grana con refuerzos de cuero. Montura con caparazón de piel.

Lanceros de Guipúzcoa: boina encarnada con borla blanca; chaqueta encarnada con cuello y bocamangas de piel negra; pantalón gris con tira encarnada.

- Húsares de Arlabán: boina encarnada con borla blanca; dolmán blanco con trencillas de color azul y grancé entremezclados, cuello y vueltas celestes; pelliza blanca con pieles negras y trencillas iguales a las del dolmán; pantalón granate con galón celeste (dorado para oficiales).

- Escuadrón de Ordenanzas de Cabrera: boina verde con borla encarnada; dolmán encarnado con pieles negras y lacerío verde; pantalón azul con franja encarnada.

- Húsares de Ontoria: boina azul o roja (según las fuentes); dolman blanco con cuellos y vueltas azules; pantalón grancé; pelliza blanca o negra según las fuentes.

- Lanceros de Tortosa: boina blanca con borla amarilla; casaca corta azul celeste con golpes en el cuello y barras de color encarnado; pantalón gris con franja amarilla.

3. EMPLEO DE LA CABALLERÍA DURANTE EL CONFLICTO
En 1833, la caballería seguía teóricamente dividida en pesada o de línea y
ligera. Tradicionalmente, la primera actuaba sobre todo en formaciones cerradas
cargando con sus espadas y lanzas sobre el enemigo mediante maniobras controladas;
primero al paso, luego al trote, después al galope corto y, solo al final, a
rienda abatida para intentar llegar al objetivo formando un bloque compacto. La
ligera empleaba más sus carabinas y pistolas y actuaba generalmente en
formaciones abiertas, para hostigar a grupos aislados, explorar el terreno,
mantener las comunicaciones, prestar seguridad, etc. Aunque las diferencias
entre los diversos institutos eran ya más bien escasas, todavía se aplicaban
criterios distintos en la asignación de caballos y se reservaban los de mayor
alzada para los cuerpos de línea. Este criterio fue dejando de aplicarse durante
el desarrollo del conflicto, y así, a partir de 1835, todos los cuerpos de Caballería
fueran convertidos en lanceros.

Desde el punto de vista de la Caballería, la Primera Guerra Carlista fue sin duda la guerra de los lanceros. Esta especie de "lanzamanía" constituyó un fenómeno curioso que algunos autores califican de respuesta exagerada a las primeras victorias logradas por una Caballería carlista que, a falta de sables y armas de fuego, fue armada con lanzas improvisadas. En esta misma línea de opinión, hay quien considera muy posible que los primeros éxitos carlistas fueran en realidad más una consecuencia del mal estado que entonces presentaba la Caballería isabelina y del efecto sorpresa que causaran unos jinetes de aspecto fiero armados con enormes lanzas. En este sentido cabe resaltar que una de las mejores unidades de la reina, los cazadores de la guardia, combatió toda la campaña con sable y, tras la ya mencionada derrota de Viana en 1834, logró imponerse en bastantes ocasiones a las lanzas carlistas.
En cuanto a la táctica empleada, estaba vigente el reglamento adoptado por la Caballería española en 1814, que era una traducción del inglés, realizada por el comandante Ramonet en 1809. El escuadrón de dos compañías constituía la unidad táctica fundamental; desplegaba para atacar en formación de línea, con dos filas situadas a una distancia entre ellas igual a la mitad de su frente; en cada fila los jinetes marchaban uno al lado del otro. Así, un regimiento de cuatro escuadrones atacaría después de formar en ocho líneas, con un frente por lo general de unos cuarenta o cincuenta jinetes. No obstante, en terrenos llanos muy favorables, se podría desplegar todo el regimiento formando incluso una única línea de dos filas. La maniobra para adaptar la formación de ataque, cuando se partía desde la columna de marcha, no resultaba sencilla, hasta el punto que un regimiento de cuatro escuadrones tendría que utilizar más de 200 voces para conseguirlo. Diego de León simplificó esta maniobra, haciendo a las compañías entrar al frente en fila por la derecha e izquierda y articulando los escuadrones en escalones. Esto le permitía desplegar rápidamente, arremeter contra el flanco enemigo más vulnerable y reiterar las cargas.

El papel que tuvieron las tropas montadas en el trascurso de la guerra puede considerarse importante, pero no decisivo. Su empleo estuvo condicionado por el carácter irregular del conflicto, con abundancia de acciones de guerrillas, especialmente en el norte, y también por las características del terreno en el que en buena parte se desarrolló. De un uso clásico, mediante cargas, se pasó a un empleo más flexible, en el que se priorizaron misiones de seguridad, persecución y control de territorio.
La Caballería liberal, más numerosa, mejor organizada y equipada que la carlista, fue empleada principalmente en protección de convoyes, seguridad táctica, exploración, enlace y persecución de partidas carlistas, tras acciones guerrilleras; así como en apoyo en las campañas más abiertas que se desarrollaron fundamentalmente en zonas de Castilla, la Mancha y el valle del Ebro.
Resulta significativo que, a pesar de las características del terreno en el que mayormente se operó, no se restablecieran las unidades de dragones, disueltas en los principios del reinado de Fernando VII, pero todavía presentes en los ejércitos europeos. Con su capacidad para combatir indistintamente a pie o a caballo, parece que habrían podido resultar una herramienta muy valiosa para los generales de ambos bandos.
En la etapa inicial de la guerra, las acciones importantes de la Caballería fueron mínimas. Primero, porque las operaciones se centraron en el norte, donde el terreno no favorecía la maniobra de los jinetes, y segundo porque, en ambos bandos, no estaba en condiciones de ser empleada con garantías de éxito. En el caso de la carlista a causa de que se encontraba en plena formación y, en el caso de la isabelina, por el estado deplorable que presentaba, hasta que se implantaron las reformas de Ferraz.

Durante la fase central de la guerra, ya con unas tropas montadas de mayor calidad en ambos bandos y con gran parte de las operaciones realizadas fuera del País Vasco, se produjeron los más importantes choques de caballería. Se sucedieron las expediciones carlistas en un intento de extender el conflicto por todo el territorio y los enfrentamientos se produjeron en un terreno más llano donde la Caballería isabelina era claramente superior. Finalmente, estas expediciones degenerarían en correrías de mayor o menor importancia, en las que el bando carlista tuvo que pagar un precio muy alto. Lo mejor de su Caballería resultó aniquilado, con un cálculo que algunos autores cifran en más de 2.500 bajas.
A partir de 1835 y tras las reformas de Ferraz, la Caballería isabelina experimentó un salto de calidad y contribuyó decisivamente a la victoria sobre los carlistas. Húsares, jinetes de línea, ligeros, de la guardia, incluso milicianos, empleados sin diferenciar sus institutos de origen y casi siempre en pequeños agrupamientos, protagonizaron cargas memorables, tanto de día como de noche, en combates campo abierto y en poblaciones.

Resultó especialmente sorprendente el bajo rendimiento que tuvieron los coraceros, cuerpo del que, tanto por ser miembros de la guardia como por la protección de sus corazas, podría haberse esperado mucho más. Quizás porque resultara un cuerpo demasiado pesado para el tipo de guerra que se libró o bien porque la carencia de lanzas constituía una desventaja que las corazas no compensaban, lo cierto es que el Regimiento de Coraceros de la Guardia, en términos generales, no se distinguió precisamente en sus acciones. La baja moral de esta unidad, muy probablemente producto de sus pocas afortunadas intervenciones, se reflejó en el número elevado de deserciones que registró. Como anécdota, señalar que las corazas de las que en ocasiones lograron incautarse los carlistas, lejos de ser empleadas por sus jinetes como un elemento de protección, acabaron siendo utilizadas como utensilios para la confección del rancho.
Diego de León, Juan de Zavala, Villarrobledo, Villar de los Navarros, son nombres de jefes de la Caballería isabelina y combates que figurarán para siempre con letras de oro en los anales de la Caballería, mientras que regimientos como los cazadores y lanceros de la Guardia Real y Húsares de la Princesa, pueden considerarse como de los mejores que han existido en España. Las numerosas corbatas de San Fernando concedidas prueban sobradamente la calidad de los cuerpos isabelinos, aspecto que también quedó reflejado en la confianza que el mando depositó en ellos. En este sentido, resulta significativo que, en más de una ocasión, se utilizaran fuerzas de caballería para reprimir motines de la Infantería y que se considerara un hecho más alarmante la deserción entre los jinetes que entre los infantes.

En cuanto a la Caballería carlista, hay que resaltar ante todo, el prodigio que supuso crearla prácticamente de la nada, como hicieron Tomás Zumalacárregui en el Norte y Ramón Cabrera en el Maestrazgo. Balmaseda, Carlos O´Donnell, Tomás Reyna y Manuel Lucus alias Manolín, los tres últimos muertos en acción de guerra, pueden compararse con los mejores jefes de la Caballería liberal; cuerpos como los Lanceros de Navarra, los Ordenanzas del General y los Húsares de Ontoria nada tienen que envidiar a los isabelinos.
Pese a contar con un buen número de oficiales, que provenían del ejército regular, lo cierto es que la Caballería carlista pocas veces logró hacer frente a la isabelina en igualdad de condiciones. Las diferencias se marcaban principalmente en el número de efectivos y en el grado de instrucción que alcanzaron una y otra. El altísimo porcentaje de bajas, que sus jefes sufrieron, prueba más que de sobra la gallardía de aquellos escuadrones que mostraron su valía, tanto en ofensiva como cubriendo el repliegue.
Sin el concurso de la Caballería, la llamada Expedición Real que llevó a cabo el Ejército carlista y que tan cerca estuvo en 1837 de resultar decisiva para el desarrollo de la guerra, hubiera sido imposible. En gran parte gracias a sus jinetes, llegó don Carlos a las puertas de Madrid. El ulterior fracaso en nada es achacable a razones de índole militar. El aniquilamiento de los mejores escuadrones carlistas en la última fase de la expedición, como consecuencia de su inferioridad numérica y de las agotadoras marchas que impedían descansar a hombres y ganado, contribuyó en no poca medida a la posterior derrota en el norte. Sin ellos, el carlismo perdió sus posibilidades de expansión al sur del Ebro y quedó circunscrito a las provincias vascas y a Navarra, con lo cual, su final por agotamiento era inevitable. Una vez acabada la guerra allí, los liberales pudieron concentrar todas sus fuerzas en el Maestrazgo contra Cabrera y alcanzar una superioridad numérica tal, que la victoria estaba asegurada.
En resumen, la caballería de ambos bandos cumplió sobradamente todas las misiones propias del Arma. Tanto de día como de noche, practicó reconocimientos; se sacrificó cubriendo retiradas; escoltó convoyes; cargó en campo abierto, en poblaciones, en terreno favorable y hasta en otros aparentemente imposibles.

BIBLIOGRAFÍA:
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- Estados Militares de España años 1832-1841
- Vela, Francisco y Grávalos, Luis. Los lanceros 1833-1868.
- Blogs de internet:
- Arre caballo. Los ejércitos carlistas
- Las historias de Doncel. La 1ª Guerra Carlista
- Museo Zumalakárregui
