
Recuerdos de Calatrava
Ángel López Moya, coronel de caballería. Retirado
Después de una larga vida de servicio, me afloran continuamente recuerdos de mi paso por distintas unidades, porque todas ellas, sin duda, han dejado huellas en mi cuerpo en forma de arrugas y cicatrices, pero sobre todo en el corazón y en la mente. Esa suma de vivencias, algunas ya lejanas, de repente, cuando recuerdo con dificultad lo que he hecho el día anterior, se manifiestan y aparecen en mi mente con una frescura inusual, como si lo estuviese viviendo en ese mismo momento; y me recreo en ello. Los colores de la foto que aparece en mi memoria, ya no son tan nítidos ni brillantes como antes y el sepia, que es el color del paso de los años, se apropia de mi mente.
Cuando en 1963 ingresé en la Academia General Militar ya elegí como Arma la Caballería (entonces era así) y mi alegría solo fue comparable al día de mi boda o al de los nacimientos de mis hijos. Bueno, los nacimientos de mis 7 nietos han sido un renacer de nuevo y un canto a la luz y a la vida; es el milagro que se repite cada día y cada día nos sorprende más y nos emociona.
Durante los años académicos de Zaragoza y Valladolid, nunca me planteé la graduación que podría alcanzar a lo largo de mi vida. Lo importante para mí era ser y sentirme militar y hoy haciendo balance, no sabría decir cuál fue mi mejor empleo ni mi mejor destino; pero si quisiera destacar alguno, diría que el empleo de capitán, en el Grupo de Caballería Reyes Católicos del Tercio Don Juan de Austria en el Sahara, ocupa un papel importante. El otro destino inolvidable fueron los 5 años, los últimos de mi vida militar antes de pasar a la reserva, que pasé mandando la Unidad de Apoyo y Servicios (UAS.) de la Academia de Caballería. Durante estos años fuero mis generales Juan Ramón Amat, Juan Falcó y Ángel Matellanes. Al primero lo conocía desde los 14 años, pues vivía a 50 m. de mi casa en Almería; coincidimos ambos de tenientes en el Regimiento Montesa 3 en Ceuta y veraneábamos juntos en Aguadulce desde siempre; en cuanto al segundo, nos preparamos juntos en la academia Proa de Zaragoza, para el ingreso en la AGM. Y el tercero era de la promoción siguiente a la mía. Los tres fueron magníficos generales que me dispensaron un trato exquisito y contribuyeron a que pasase unos años inolvidables al frente de la UAS. y desde luego de todos aprendí bastante.

Entrada al acuartelamiento Teniente Galiana cuando todavía era el Regimiento de Caballería Calatrava
Naturalmente a veces teníamos nuestras "pequeñas cosillas" que hoy, 30 años después, recuerdo con cariño y como simples anécdotas. Yo iba todas las mañanas a las 8 al acuartelamiento Teniente Galiana y después de recibir novedades y ver las cosas urgentes, bajaba a la Academia a dar novedades al general Amat y durante la conversación que teníamos, yo llamaba algunas veces a la UAS como Regimiento Calatrava, porque anteriormente lo había sido, y él se ponía de un humor de perros y me gritaba: ¡Ángel, el acuartelamiento de El Pinar no es ningún regimiento! – Perdona mi General, es la costumbre – y me ponía de pie y lo más firme que podía y le decía: ¿Ordenas alguna cosa más? - ¡Sí, que te sientes! y ahora vamos a tomarnos un café. No sé si el café, el chupito de orujo o ambas cosas, hacían de bálsamo y rápidamente nuestra conversación derivaba a dónde íbamos a ir a comer el fin de semana. Todos los meses el general y yo asistíamos a las reuniones de mandos que tenían lugar en alguna ciudad de la Región Militar Noroeste, la mayoría de ellas en La Coruña; con frecuencia nos llevábamos a nuestras mujeres y resultaban viajes muy agradables.

Interior del establecimiento del Pinar de Antequera de la Academia de Caballería: Acuartelamiento Teniente Galiana
Del general Falcó, entre otras cosas, aprendí lo importante que era felicitar al personal civil de forma individual el día de su cumpleaños; pero lo aprendí estando él mandando el Regimiento Santiago y yo como jefe de la Plana Mayor. El caso es que en Calatrava lo amplié a todos los oficiales y suboficiales que dependían de mí, felicitándolos a todos con una tarjeta escrita de mi puño y letra. El resultado fue fantástico.

Visita del Príncipe de Asturias a la Unidad
Cuando tomé posesión de la UAS Calatrava a finales de agosto de 1995 me encontré que, además de la tropa que tenía a mi cargo, también tenía bajo mi responsabilidad 1008 pinos piñoneros gigantes, que elevaban sus copas hasta el cielo y que a pesar de su robustez y altura, jamás me crearon ningún problema. Pero mi gran sorpresa fue encontrarme con un ginecólogo en el equipo de sanitarios, porque aún la mujer no había entrado en las Fuerzas Armadas. Esto se debió a la disolución del Hospital Militar de Valladolid y sin duda porque ya se pensaba que la mujer muy pronto iba a formar parte de las FF. AA. de nuestro país. Y así ocurrió, y entre otras misiones, de repente, me encontré que estaba al frente de un Centro de Formación de Tropa Profesional de hombres y mujeres para abastecer a toda la Región Noroeste. Con urgencia hubo que adaptar las instalaciones del acuartelamiento a las necesidades de un centro donde iban a convivir hombres y mujeres. No resultó nada fácil. Los servicios se atascaban continuamente debido a las compresas de las mujeres que las tiraban al váter. Los Sargentos de Semana evitaban entrar en los dormitorios femeninos, porque los piropos que les dedicaban las féminas, no eran precisamente madrigales del poeta Gutierre de Cetina; pero poco a poco los griteríos nocturnos se fueron calmando y todos nos fuimos adaptando a la nueva situación.

Alocución en una jura de bandera
El 15 de julio de 2000, como estaba anunciado desde el principio, pasé a la reserva y lo hice sin ningún trauma, más bien con alegría y dando gracias a Dios y desde luego al general Amat que confió en mí. A mi gran amigo Ignacio, el coronel Escudero, y a mí nos dieron una magnífica cena de despedida llena de recuerdos y de cariño. Era el final de la etapa más importante de mi vida, pero no el fin. Ahora con el paso de los años y una profunda fe, sé que ni la muerte es el final.

